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viernes 20 de junio de 2008

Qué es compatibilidad (I)

Mientras esperamos que empiece la función privada, sacamos la cuenta de lo que cuesta hoy en día una salida al cine. A saber:

- Doble entrada de adulto: $40
- Estacionamiento (suponiendo que no esté incluído en el ticket): $14 promedio
- Bandeja mediana de nachos con queso: $12
- Gaseosa grande para compartir: $10 a $15

"Encima, a la salida, los nachos quedaron en el olvido y ya hay que ir a comer. Mínimo, 50 mangos más" apunto.

Sin mirarme, como siempre, me lee el pensamiento:
"Prefiero gastar esa guita pernoctando en un telo".


lunes 31 de marzo de 2008

Miércoles (De falta de peteras y bajones ajenos)

Selma dice:
uh, te dije que me encontré con ese?
Selma dice:
el jueves?

Anaïs - Oficina dice:
Oh... my ...
Anaïs - Oficina dice:
no!!!
Anaïs - Oficina dice:
contandum!

Selma dice:
volvía de la psicologa caminando hasta lo de mi amiga, y lo crucé en la parada del colectivo.
Selma dice:
no sabés cómo está!
Selma dice:
destruido lo dejó la mina.
Selma dice:
es casi casi un muerto, eh.
Selma dice:
DENSOOOOOOOOOOOOOOOO

Anaïs - Oficina dice:
uy dio, pobre
Anaïs - Oficina dice:
qué lo parió

Selma dice:
a mi me tocan, todos los "te acompaño"

Anaïs - Oficina dice:
se lo exprimió todo y lo largó a la vida otaé

Selma dice:
está hecho mierda.

Anaïs - Oficina dice:
ufa

Selma dice:
y está super enganchado con la minita esta todavía.

Anaïs - Oficina dice:
pero tiene que cambiar la actitud, che...
Anaïs - Oficina dice:
media pila

Selma dice:
sí, lo cague a pedos too el camino.

Anaïs - Oficina dice:
MEDIA

Selma dice:
pero es moneda, el pibe.
Selma dice:
re moneda.

Anaïs - Oficina dice:
por qué les cuesta tanto resetear el chip???

Selma dice:
porque la ponen poco, An.

Anaïs - Oficina dice:
justamente, che, pero peteras hay en todos lados!!!

Selma dice:
no creas.
Selma dice:
hay más minas remilgosas que peteras, se ve.

Anaïs - Oficina dice:
juex!

Selma dice:
porque si no, no se explica que estos HOMBRES GRANDES
Selma dice:
estén así de pelotudos.

miércoles 11 de abril de 2007

Ellas y yo

Como suele suceder, otro lo notó antes que yo.

Tenía quince años, una pataslargas un poco torpe con el pelo muy largo sobre los ojos y cero noción sobre la mirada de los otros sobre mí. Ni siquiera soñaba con el poder que tuve años después.

Mecha tenía diecisiete, y el privilegio no sólo de ser una de las más bonitas del colegio, sino la impunidad de ser la única a la que nadie le pataleaba por llevar la pollera por encima de las rodillas. Ella jugaba al voley en mi equipo, y aunque era más menuda y bastante flacucha, lo hacía bien. Los chicos de varios colegios se perdían mirando su delantera de hembra precoz, su cola perfectamente formada. Mecha podía tener diecisiete años, pero su expresión delataba la experiencia de alguien mayor. Era frívola, coqueta y tenía esa audacia de las personas que se saben deseadas.

Un día, en la rotación, me quedé mirándole las piernas tanto rato que la pelota me dio en la cabeza sin que pudiera reaccionar. Otro día, Carolina (mi mejor amiga) me encontró perdida en sus rasgos de adulta. Hizo una broma un poco alarmada: "Si la seguís mirando van a pensar que sos lesbiana".

Después fue Juliana, en quinto año. Morocha de ojos negros, con suave pelo ondulado. Llegué a escribir sobre ella en un esbozo de novela que jamás publiqué, ni mostré a nadie para que corrigieran. Allí se llamaba Bibiana, y yo era Zara. La desfloraba en el baño de un correccional de menores. Por ahí ha de andar ese manuscrito.

Y en la facultad, cuando ya habían pasado por mi cuerpo tres hombres diferentes, llegó Antonella. Ella es, al día de hoy, la mujer más hermosa que haya visto. Alta, fibrosa, pero con buenas curvas. Seria y de mirada fija. Ojos color verde, rasgados como los de los gatos. Pelo castaño oscuro, lacio. Llevaba un suéter verde. Yo estaba estudiando con su hermana cuando entró, oliendo a futura promesa de hembra (el mismo olor de Mecha, flamantes dieciocho años).

F., a la sazón compañero de estudios, miraba en mi misma dirección y de repente estaba mirándome a mí. Con esa intuición del pirata canchero, que viene jorobando desde muy pibe, me olió a kilómetros. Al otro día, en la isla de edición me encaró con la misma pregunta que Carolina no se había animado a hacer en el campo de deportes: "¿A vos te gustan las chicas?". Me reí, lo canchereé un rato. "¿Las chicas? Apenas tengo amigas mujeres" y boludeces así.

La realidad es que después de conocer a Antonella volví a masturbarme pensando en mujeres, y cada vez más en mujeres cuanto más hombres pasaban por mi vida.

Todavía faltaban algunos años para que llegara Ana. Y esa es otra historia.

sábado 24 de marzo de 2007

Epifanía en piano


Y pasó cuando menos lo esperaba. Luego, no importó el momento exacto.

La noche antes, un vaso roto entre los dos, una salida a buscar cervezas y gaseosas que se habían terminado, una charla circunstancial, la mirada de él recorriendo distraídamente los tobillos de ella, sus pantorrillas, pensando que no se notaba. Mientras, las revelaciones que brotaban naturalmente. "No deberías estar solo", dijo ella, extrañada, "sos demasiado bueno, demasiado..."
No podía completar la frase, y él se puso colorado y no habló más.

Ahora, el portero en casa de su novio, la voz de A. y ella saliendo rauda detrás de un "yo voy!" mientras el resto de los chicos estudiaba. El ascensor que tardó en bajar y su corazón latiendo disparado al abrir la puerta.
Antes de que él pudiera esbozar un "hola", ella lo asfixió en un abrazo que lo dejó paralizado. Un segundo después, con calma, correspondió a la fuerza de esos brazos; ella pudo sentirlo sonreír con dulzura contra su pelo, atado a la altura de las orejas. Y también escuchó dentro de su cabeza las primeras notas de un piano, en el inicio de la canción que un año antes le estremecía la piel en una sala de cine. Mucho, mucho antes de conocerlo. De saber siquiera que existía.


Yo quiero la suerte de un amor tranquilo
Con sabor a fruta mordida
Dejarnos llevar por la corriente
Matando la sed con la saliva

Ser tu pan, ser tu comida
Y todo el amor que exista en esta vida
Pongo mi vida como garantía

Y ser artista en nuestro universo
El cielo y el infierno cada día
No podemos vivir en poesía ni
Transformar el tedio en melodía

Ser tu pan, ser tu comida
Todo el amor que exista en esta vida
Y algún remedio que me de alegría

Y algún remedio que me de alegría



martes 20 de febrero de 2007

Domingo

Domingo por la mañana. Llegó caminando acompañada hasta la esquina, el sol alto. Un beso, una promesa: "Te llamo antes de irme". Los ojos de él mirándola con devoción. Los de ella, sonrientes pero helados. Desde que pusieron un pie fuera de "El Angel", todo había terminado. Adentro, incluso parecía viable dejar todo lo demás: el estudio, el trabajo, cinco años en pareja. Todo, por ese chico alto que besaba como los dioses y sabía exactamente cómo tocarla sin invadirla.

Entró por la puerta del living, sus padres apuraban el mate de las mañanas. La vieron entera, ni intuyeron la resaca. Apenas una observación:

"Qué tarde, nena"
"Mejor. Así pude venir caminando, con luz de día".

Desliza como al pasar el nombre de un conocido de la familia que estaba en el boliche. Los dos respiran imperceptiblemente más aliviados. Charlan algunos minutos y cuando mamá sube a la terraza a descolgar la ropa, ella se despatarra en el sillón del living y se queda dormida mirando una película por cable.

El olor del asado la despierta. Ya no hay resaca y el hambre acucia. Atrás quedaron la noche, las manos de Santiago, el recuerdo de sus besos.

Ya es tarde. El micro sale en una hora. Ella cierra el bolso, agarra la guía de teléfonos, ubica el apellido y la dirección. Lo llama. Atiende una mujer mayor (seguramente su madre), le pasa con él.
"Llamaba para despedirme. Gracias por todo".
El le retribuye el agradecimiento. La pasaron bien, ¿verdad? Su voz tiene destellos de esperanza.

Ella cuelga el teléfono, agarra el bolso, toma el colectivo, vuelve a sus cosas, a no pensar en Santiago nunca más, a no evocar sus besos sino hasta dentro de muchos, muchos años, sentada frente al diario de hoy, mate en mano, en esa ciudad a la que siempre vuelve y en la que todos se conocen.

Nunca más se vieron. Y ella no volvió a pisar "El Angel".