... pasaba a mirar por este diario de momentos, con el remordimiento de la madre abandónica.
Volveré cuando pueda y tenga fuerzas. Estoy viviendo momentos que nunca pensé vivir.
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martes 3 de junio de 2008
sábado 15 de marzo de 2008
"C'est l'amour. C'est une merde"
Cuando comencé a escribir este diario no imaginaba que sería tan inconstante como lo he sido con los múltiples diarios de papel que tuve a lo largo de mi vida. Sólo uno, de todos ellos, guarda la continuidad que se requiere de las bitácoras de vida: el primero. Lo empecé a los diez años y terminé a los doce. Los demás son erráticos, escritos en clave para evitar que cualquiera que los lea pueda descifrar el sentido de las palabras, o a quién van dirigidas.
Hay uno particularmente delgado que abarca parte de mi adolescencia. Casi todo lo que allí dice es intrascendente o mentiroso; las cuestiones importantes quedaron afuera. Luego de un bache de cuatro o cinco años comencé otros cuadernos, prometiéndome que su regularidad no estaría atada a la disciplina, y me fue mejor. Pero cambié de ciudad, de vida, de hombres... la intención se perdió para siempre. Menos de un año después de la última página escrita, leía esos cuadernos y me sentía una extraña frente a mí misma.
Con este termina pasando, otra vez. Sentada frente a la vieja PC, con la taza yendo de la mesa a mis labios, me doy cuenta de la recurrencia que lo iguala a todos los demás (los que siguieron al primero, el único totalmente sincero). Los empecé en el calor de alguna crisis vital que tenía que ver con mis sentimientos, mi emotividad. Tan pronto pasó la crisis dejé de mimarlos, de visitarlos.
Cuando nació Anaïs (algún día contaré sus porqués), huérfana de todas mis identidades anteriores, nacida de la madre de todas las confusiones, pensé que podía subsanar ese defecto de mi carácter que tan bien expresó un amigo, ocasional testigo de cada comienzo y brusco final.
"Nena, el amor es una mierda. Cuanto más feliz sos, menos escribís. Estar enamorado es la muerte de tu escritura".
Hoy, que puedo decir que estoy verdaderamente enamorada, me propongo desafiar ese mandato y demostrarle a mi pobre diario defraudado que puedo tener una constancia equivalente a la de aquellos años más prolíficos. Después de todo, el pasado es pasado y siempre quise contarlo tal como lo recuerdo.
Hay uno particularmente delgado que abarca parte de mi adolescencia. Casi todo lo que allí dice es intrascendente o mentiroso; las cuestiones importantes quedaron afuera. Luego de un bache de cuatro o cinco años comencé otros cuadernos, prometiéndome que su regularidad no estaría atada a la disciplina, y me fue mejor. Pero cambié de ciudad, de vida, de hombres... la intención se perdió para siempre. Menos de un año después de la última página escrita, leía esos cuadernos y me sentía una extraña frente a mí misma.
Con este termina pasando, otra vez. Sentada frente a la vieja PC, con la taza yendo de la mesa a mis labios, me doy cuenta de la recurrencia que lo iguala a todos los demás (los que siguieron al primero, el único totalmente sincero). Los empecé en el calor de alguna crisis vital que tenía que ver con mis sentimientos, mi emotividad. Tan pronto pasó la crisis dejé de mimarlos, de visitarlos.
Cuando nació Anaïs (algún día contaré sus porqués), huérfana de todas mis identidades anteriores, nacida de la madre de todas las confusiones, pensé que podía subsanar ese defecto de mi carácter que tan bien expresó un amigo, ocasional testigo de cada comienzo y brusco final.
"Nena, el amor es una mierda. Cuanto más feliz sos, menos escribís. Estar enamorado es la muerte de tu escritura".
Hoy, que puedo decir que estoy verdaderamente enamorada, me propongo desafiar ese mandato y demostrarle a mi pobre diario defraudado que puedo tener una constancia equivalente a la de aquellos años más prolíficos. Después de todo, el pasado es pasado y siempre quise contarlo tal como lo recuerdo.
J'espère que cela va durer.
A bientôt.
A bientôt.
Etiquetas:
Excusez-moi,
recurrencias
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