Ella está desnuda, boca abajo, sobre la cama desordenada en la que ni se tomaron el tiempo de respirar. Apenas un mueble donde descansar sus humanidades ansiosas.
Tiene la cara apoyada en la almohada, de lado, y lo mira dormir. Ella misma acaba de despertarse, un sueño profundo que no recuerda haber tenido hace muchos, muchos años. Respira con los labios entreabiertos mientras sigue con la mirada su propio brazo, su antebrazo, la mano que se apoya sobre el pecho del amante dormido.
Cómo habrá sido entonces, se pregunta, cuando era mucho más joven, más joven de lo que yo soy ahora. Con más pelo, con menos cicatrices, con una incandescencia distinta en los ojos.
Cómo habrá sido con ella, la que lo lastimó tanto. Quizá, en esta misma cama o en otra similar, no importa. ¿Me habré perdido de algo? Cómo quisiera poder viajar un instante en el tiempo, irrumpir en su vida con la edad que tengo ahora, la experiencia que tengo ahora, y torcerle para siempre el destino: mostrarle allí lo que era una auténtica mujer, una hembra capaz de fornicar hasta morir, con un "te amo" bien sellado entre los labios, pero auténtico. Visible sólo para los ojos que saben ver
Pero sin dolor no sería el mismo, se dice, corrigiendo de inmediato el rumbo de sus pensamientos: sin dolor, no habría llegado a mí. Si otra lo hubiera lastimado, o si nadie lo hubiera lastimado, yo jamás habría podido estar acá, en esta cama, con él. Jamás lo habría conocido.
Lo piensa en dos segundos, lo que tarda él en despertarse. La mira con esos ojos que han visto tanto, con ojos de un hombre que ya no llora porque no tiene más lágrimas. La reconoce de inmediato, y la cara quieta se transfigura con una sonrisa de nene plácido. Los ojos también cambian, se limpian. Y entonces ella sabe que no quiere conocerlo como era, sino como es, y que lo quiere exactamente como es.
Un olor verde llena el cuarto, aún es de noche. Un auto solitario pasa.