... pasaba a mirar por este diario de momentos, con el remordimiento de la madre abandónica.
Volveré cuando pueda y tenga fuerzas. Estoy viviendo momentos que nunca pensé vivir.
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martes 3 de junio de 2008
domingo 6 de abril de 2008
La máquina de follar (III)
Me reí sin maldad.
"Esas cosas no se preguntan. A vos qué te parece?"
"Esas cosas no se preguntan. A vos qué te parece?"
"Quiero que me lo digas" murmuró, y su cabeza bajo hasta mis pechos para besarlos. Estaban enrojecidos, los acarició con su pelo mientras bajaba con besos hacia mi vientre. Lo detuve antes de que llegara al ombligo. Mis dedos jugaban con sus orejas, sus facciones un poco irregulares.
"Me inquieta un poco que no me hables".
"Me gustás más callado" dije, y esta vez sí reí con algo de aspereza. Se acodó junto a mí, mirándome sin hablar por un rato largo, pasando el reverso de los nudillos por mi cintura y mis muslos.
"Sos rara".
Bajé los ojos y comencé a rozarle la verga con la punta de los dedos, aunque apenas se estaba recuperando del orgasmo anterior. Acaricié despacio, desde los testículos hacia la cabeza, incitándolo nuevamente. "Soy insaciable" dije, con falsete en la voz. "Te desafío a que me canses".
Lo lamí despacio, como si fuera un helado. Concentrándome en cada nervadura de su pija, lo llevé exactamente al punto en que me gusta. Eso, o sería que se estaba adaptando a mí con una rapidez que no había visto en ningún hombre hasta el momento. Me acariciaba la cabeza sin fuerza, con absoluto deleite. Podía sentirlo pulsar contra mi paladar. Lo fui absorbiendo a conciencia, tragándome casi todo el tronco para que la punta de mi lengua jugara con el nacimiento de los testículos. Cuando hice un movimiento para acariciarle el perineo, adivinó mi intención y me separó con un poco de brusquedad.
"No, eso no"
Mi risa fue absolutamente despiadada. "¿Por qué no?"
"No soy puto" dijo, y de inmediato se corrigió al verme sonreír con malicia "Prefiero que me la chupes".
"Pobre nene" murmuré en la cabeza de su verga, mirándolo a los ojos mientras me la metía y sacaba de la boca. "Pobre chiquito. ¿No te gusta que te rompan el culito?".
De ahí en más, lo único que pudo hacer para superar el bochorno momentáneo fue emplear todas sus artes para darme un orgasmo a la altura de los anteriores.
Eso, y dejarme quedar a dormir en su casa las pocas horas que podíamos hasta la mañana.
---------------------
Me desperté primero. Él dormía boca arriba, con una mano apoyada sobre la frente. Se escuchaba el canto de los pájaros y la luz fría de la incipiente primavera estallaba en las ventanas, a través de las cortinas translúcidas.
Yo estaba relajada y en paz. Sentía el pulso de mi vulva inflamada, la piel enrojecida por sus besos de barba apenas crecida. Rodeé la cama y me senté en el otro extremo de la habitación, de cara al sol, disfrutando el silencio de ese barrio tranquilo. Me senté sobre mis pantorrillas, la espalda bien derecha. Alcé lentamente los brazos, haciendo mi saludo al sol. Exhalé despacio.
Volví a la cama y cerré los ojos sin dormirme. Menos de media hora después, sentí que me miraba. Algo cambia en la respiración de un hombre que se despierta para mirarte dormir, y no hace falta abrir los ojos para darse cuenta.
Sentí que se levantaba y pasaba rápidamente del baño al pasillo. Me desperecé, agarré el control remoto y prendí el televisor para ver las noticias. Volvió quince minutos más tarde con una bandeja y el desayuno: té con tostadas, manteca y dulce. Comimos en silencio, mi rodilla sobre su muslo, su mano cada tanto acariciando esa porción de piel. Él seguía mirándome.
"¿En qué pensás?"
Le sonreí.
"En vos"
Era mentira. De hecho, en el mismo momento en que él me hacía esa pregunta, pensaba de qué modo podría contarle a A. lo que acababa de hacer con ese extraño, que a menos de 24 horas de conocerme ya me había llevado a su casa y luego de una de las noches de sexo más intensas e incendiarias de mi vida me preparaba el desayuno. A. nunca me preparó el desayuno, en los cuatro años y medio que llevábamos saliendo; incluso en la breve convivencia transicional de dos meses antes de que él se fuera de la ciudad.
Descarté el pensamiento enseguida. B. me miraba y el mundo, por el momento, cabía en esa habitación llena de luz de domingo.
Yo había entrado a un mundo nuevo, desconocido y fascinante. No tenía idea de lo rápidas que son algunas situaciones cuando dos ludópatas sexuales se encuentran. Aquel fin de semana, yo encontré la entrada de ese mundo, y B. encontró la horma de su zapato. Para bien o para mal.
"Me inquieta un poco que no me hables".
"Me gustás más callado" dije, y esta vez sí reí con algo de aspereza. Se acodó junto a mí, mirándome sin hablar por un rato largo, pasando el reverso de los nudillos por mi cintura y mis muslos.
"Sos rara".
Bajé los ojos y comencé a rozarle la verga con la punta de los dedos, aunque apenas se estaba recuperando del orgasmo anterior. Acaricié despacio, desde los testículos hacia la cabeza, incitándolo nuevamente. "Soy insaciable" dije, con falsete en la voz. "Te desafío a que me canses".
Lo lamí despacio, como si fuera un helado. Concentrándome en cada nervadura de su pija, lo llevé exactamente al punto en que me gusta. Eso, o sería que se estaba adaptando a mí con una rapidez que no había visto en ningún hombre hasta el momento. Me acariciaba la cabeza sin fuerza, con absoluto deleite. Podía sentirlo pulsar contra mi paladar. Lo fui absorbiendo a conciencia, tragándome casi todo el tronco para que la punta de mi lengua jugara con el nacimiento de los testículos. Cuando hice un movimiento para acariciarle el perineo, adivinó mi intención y me separó con un poco de brusquedad.
"No, eso no"
Mi risa fue absolutamente despiadada. "¿Por qué no?"
"No soy puto" dijo, y de inmediato se corrigió al verme sonreír con malicia "Prefiero que me la chupes".
"Pobre nene" murmuré en la cabeza de su verga, mirándolo a los ojos mientras me la metía y sacaba de la boca. "Pobre chiquito. ¿No te gusta que te rompan el culito?".
De ahí en más, lo único que pudo hacer para superar el bochorno momentáneo fue emplear todas sus artes para darme un orgasmo a la altura de los anteriores.
Eso, y dejarme quedar a dormir en su casa las pocas horas que podíamos hasta la mañana.
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Me desperté primero. Él dormía boca arriba, con una mano apoyada sobre la frente. Se escuchaba el canto de los pájaros y la luz fría de la incipiente primavera estallaba en las ventanas, a través de las cortinas translúcidas.
Yo estaba relajada y en paz. Sentía el pulso de mi vulva inflamada, la piel enrojecida por sus besos de barba apenas crecida. Rodeé la cama y me senté en el otro extremo de la habitación, de cara al sol, disfrutando el silencio de ese barrio tranquilo. Me senté sobre mis pantorrillas, la espalda bien derecha. Alcé lentamente los brazos, haciendo mi saludo al sol. Exhalé despacio.
Volví a la cama y cerré los ojos sin dormirme. Menos de media hora después, sentí que me miraba. Algo cambia en la respiración de un hombre que se despierta para mirarte dormir, y no hace falta abrir los ojos para darse cuenta.
Sentí que se levantaba y pasaba rápidamente del baño al pasillo. Me desperecé, agarré el control remoto y prendí el televisor para ver las noticias. Volvió quince minutos más tarde con una bandeja y el desayuno: té con tostadas, manteca y dulce. Comimos en silencio, mi rodilla sobre su muslo, su mano cada tanto acariciando esa porción de piel. Él seguía mirándome.
"¿En qué pensás?"
Le sonreí.
"En vos"
Era mentira. De hecho, en el mismo momento en que él me hacía esa pregunta, pensaba de qué modo podría contarle a A. lo que acababa de hacer con ese extraño, que a menos de 24 horas de conocerme ya me había llevado a su casa y luego de una de las noches de sexo más intensas e incendiarias de mi vida me preparaba el desayuno. A. nunca me preparó el desayuno, en los cuatro años y medio que llevábamos saliendo; incluso en la breve convivencia transicional de dos meses antes de que él se fuera de la ciudad.
Descarté el pensamiento enseguida. B. me miraba y el mundo, por el momento, cabía en esa habitación llena de luz de domingo.
Yo había entrado a un mundo nuevo, desconocido y fascinante. No tenía idea de lo rápidas que son algunas situaciones cuando dos ludópatas sexuales se encuentran. Aquel fin de semana, yo encontré la entrada de ese mundo, y B. encontró la horma de su zapato. Para bien o para mal.
domingo 2 de diciembre de 2007
Lluvia de otoño
Era 24 de un abril de lluvia, frío.
Tres semanas atrás, yo había despertado a J. de puntillas, acercándome a mirarlo en su cama como todas las mañanas de miércoles. Lloré casi antes de hablar. Por más que los desacuerdos y las desarmonías ya fueran patentes e inaguantables, cómo cortás con alguien que te resultó, dos años atrás, imprescindible? Cómo le das a entender que el "no va más" estaba escrito semanas atrás de que apareciera "el otro"? En ese momento, y frente a sus lágrimas de perplejidad, preferí hacerle entender que no era él / era yo, restándole importancia al hecho de que otro hombre me había volado la cabeza prácticamente a primera vista. Y eso era un indicio más que claro.
Más tarde, por supuesto, vendrían las reclamaciones: el "démonos un tiempo", el "ya no te provoco nada? ni siquiera me deseás?", el "me estás matando", las flores dejadas subrepticiamente en la puerta de mi habitación (con la complicidad de las chicas mayores, que jamás entendieron por qué abandonaba a semejante caballero); los reclamos, la bronca.
Y con A., todo era como por primera vez. Él se convirtió automáticamente en mi mundo paralelo.
Con él tuve las etapas que no habían existido con J., sólo que a una velocidad más constante y acelerada.
Caminábamos en silencio, sin tomarnos la mano, todas las tardes entre semana a la plaza que quedaba a escasas cinco cuadras de mi pensión. Recién ahí, cuando nos sentábamos bajo los tilos, conversábamos sobre un tibio e hipotético futuro, mirándonos a los ojos y asombrándonos de que pudiera existir en el mundo una persona como la que teníamos enfrente.
Distintos como éramos, terminaban siendo siempre más alevosas las coincidencias. Los dos, tímidos de primera mano; hijos mayores, incomprendidos y un poco "raros" en la estructura familiar; los dos con una extraña lucidez que siempre nos ubicó en el pedestal ajeno de los niños con capacidades especiales. Los dos, ávidos de un reconocimiento por el que no queríamos pagar derechos: aceptame como soy.
Sin un "te amo" previo, un sábado lluvioso, me llevó al Parque Pereyra Iraola en la vieja Ford gris que ya había montado un par de guardias frente a mi puerta, cuando volvía de viaje por las madrugadas. Charlamos más animadamente que nunca, intercambiando anécdotas. Alguna vez, me dejó tomar el volante y se rió de mi cara de perplejidad cuando comprobé el juego de la dirección. Pensé: es mucho más posible que me muera de vieja que en un accidente por culpa de este tipo. Y eso que no habíamos conocido la adrenalina de los paseos juntos en bicicleta, moto, cuatriciclo, en los que A. sacaba una faceta absolutamente salvaje, calculadamente imprudente.
Llegamos a una galería de sauces, que se abría en perspectiva al paisaje menguante de lluvia. Empezaba a atardecer, la luz cambiaba a través de los nubarrones y los árboles. Nos quedamos en silencio un rato largo, tomados de la mano y mirando al frente, como si el parabrisas estarcido de lluvia fuera una ventana a la que nos asomábamos emocionados. Todavía tomados de la mano, nos volvimos cara a cara para besarnos. Nos habíamos besado mucho ya. Mucho, hasta reventar de ganas de meternos mano en cualquier lado; pero A. , que todavía no había estado con ninguna mujer a sus dieciocho, se mostraba sumamente respetuoso de mis ritmos.
Entonces, como quien se deja llevar por la música por primera vez en un baile desconocido, giré mi cuerpo por completo en el asiento, apoyé la espalda en el tablero y puse mis manos en sus hombros, sin separar mis labios de los suyos. Su lengua me exploraba a conciencia, más relajada; sus manos fueron buscando mi cintura y con un solo movimiento me atrajo hacia él, abrazada con una fuerza que nadie había opuesto contra mí antes. Terminé acaballada sobre él, sintiendo la inequívoca erección de una verga mucho más importante que lo que se dejaba ver a través de los pantalones holgados. Nos mirábamos en mudo silencio en los microsegundos en que dejaba de besarme. Él me acariciaba el pelo con la boca entreabierta y las pupilas dilatadas, a veces olvidándose de respirar.
"Sos hermosa" murmuró, por primera vez, con reverencia. Casi me río en su cara. Yo estaba de jeans y zapatillas sucias, y bajo el sweater rojo inmenso, heredado de mi padre, llevaba una remera blanca de algodón que no por limpia dejaba de revelar los años de uso. Pero miré una vez más sus ojos, que tenían la incandescencia del fuego (ese fuego que no volví a encontrar hasta muchos años después) y la convicción de los iluminados. Supe que siempre, por baqueteados que estuviéramos, nos veríamos con ese cristal de belleza que sólo da la juventud. Y así, incómodos, sin separarnos demasiado, comenzamos a desvestirnos mutuamente.
Estábamos en medio de un camino vecinal de tierra, metido en el bosque, al final de una tarde de lluvia. Pero no estábamos ahí. Nos quedamos absolutamente desnudos en la cabina de la camioneta, sin hacer esfuerzos por disimular que habíamos ido al bosque a coger bajo la lluvia, a la vista de los teros y las cigüeñas, a la vista de cualquier fortuito paseante que pudiera haber tenido la misma idea. Hoy agradezco que tuviéramos tanta suerte; la magia de ese instante era tan precaria, que hasta el viento enmudeció para ayudarnos a crear esa ilusión de intimidad.
Hacía frío, pero ardíamos. Gruesas gotas de sudor nos corrían por la cara, las axilas, los muslos. A las puertas de mi vulva, su verga se enardeció. Cuando me aparté para que pudiera sacarse el boxer, noté el lamparón de humedad que dejó mi flujo. Él pasó dos dedos, índice y mayor, a lo largo de mi vagina empapada; se aventuró dentro de ella con un instinto más fuerte que el de J. y sin pizca de vacilación. Sólo los vaivenes de su respiración le delataban los nervios, y yo ya estaba demasiado caliente para razonar sobre su ánimo. Recuerdo haber pensado si no me habría mentido, si realmente yo era la primera mujer, justo antes de erguirme sobre las rodillas (el volante clavado bajo los omóplatos, la posición más cómoda que recuerde en un vehículo) y comenzar a meterme su pija de a poco.
Él parpadeó dos veces, la respiración suspendida, cuando apenas jugueteaba con su glande entre las piernas. Me tomó de las caderas y me la metió entera, de golpe. Vi estrellas. Me mareé, pero era glorioso. Por primera vez, me dirigían. No era yo la de la iniciativa, no era yo la que le echaba las tetas en la cara para que sorbiera de ellas; se apoderó de mí como quien arranca frutas de un árbol, usándome en todas las maneras en que podía ser usada sin yo saberlo.
Pasaron, al menos, dos horas y tres polvos en completo silencio. Los vidrios quedaron totalmente empañados; nuestra respiración condensada goteaba sobre el tapizado. Mi pelo suelto, largo, había quedado tan enredado que A. se ofreció tímidamente a cepillarlo una vez estuvimos vestidos. Al regresar, yo estaba pegada a él en lugar de a la ventana; mi pierna izquierda rozando su pierna derecha, sus dedos acariciando un moretón en mi cuello y mi pelo otra vez atado.
Hasta ese día, habia vivido engañada. El sexo era otra cosa. El sexo era eso que hacíamos A. y yo, eso que descubrimos juntos.
Caímos juntos en una trampa que, en honor a aquella tarde, insistimos en mantener hasta el final; cuando ya no había más que fuego y cenizas sobre el fuego, cuando ya se había desvanecido toda posibilidad de futuro. Cuando él entendió, cuando finalmente aprendió...
Pero eso, una vez más, es otra historia.
Él manejaba. Su perfil de huesos sólidos, aunque finos, se transformaba cuando tomaba el volante; toda esa pretendida inseguridad que el resto del mundo le producía, desaparecía de inmediato.
Tres semanas atrás, yo había despertado a J. de puntillas, acercándome a mirarlo en su cama como todas las mañanas de miércoles. Lloré casi antes de hablar. Por más que los desacuerdos y las desarmonías ya fueran patentes e inaguantables, cómo cortás con alguien que te resultó, dos años atrás, imprescindible? Cómo le das a entender que el "no va más" estaba escrito semanas atrás de que apareciera "el otro"? En ese momento, y frente a sus lágrimas de perplejidad, preferí hacerle entender que no era él / era yo, restándole importancia al hecho de que otro hombre me había volado la cabeza prácticamente a primera vista. Y eso era un indicio más que claro.
Más tarde, por supuesto, vendrían las reclamaciones: el "démonos un tiempo", el "ya no te provoco nada? ni siquiera me deseás?", el "me estás matando", las flores dejadas subrepticiamente en la puerta de mi habitación (con la complicidad de las chicas mayores, que jamás entendieron por qué abandonaba a semejante caballero); los reclamos, la bronca.
Y con A., todo era como por primera vez. Él se convirtió automáticamente en mi mundo paralelo.
Con él tuve las etapas que no habían existido con J., sólo que a una velocidad más constante y acelerada.
Caminábamos en silencio, sin tomarnos la mano, todas las tardes entre semana a la plaza que quedaba a escasas cinco cuadras de mi pensión. Recién ahí, cuando nos sentábamos bajo los tilos, conversábamos sobre un tibio e hipotético futuro, mirándonos a los ojos y asombrándonos de que pudiera existir en el mundo una persona como la que teníamos enfrente.
Distintos como éramos, terminaban siendo siempre más alevosas las coincidencias. Los dos, tímidos de primera mano; hijos mayores, incomprendidos y un poco "raros" en la estructura familiar; los dos con una extraña lucidez que siempre nos ubicó en el pedestal ajeno de los niños con capacidades especiales. Los dos, ávidos de un reconocimiento por el que no queríamos pagar derechos: aceptame como soy.
Sin un "te amo" previo, un sábado lluvioso, me llevó al Parque Pereyra Iraola en la vieja Ford gris que ya había montado un par de guardias frente a mi puerta, cuando volvía de viaje por las madrugadas. Charlamos más animadamente que nunca, intercambiando anécdotas. Alguna vez, me dejó tomar el volante y se rió de mi cara de perplejidad cuando comprobé el juego de la dirección. Pensé: es mucho más posible que me muera de vieja que en un accidente por culpa de este tipo. Y eso que no habíamos conocido la adrenalina de los paseos juntos en bicicleta, moto, cuatriciclo, en los que A. sacaba una faceta absolutamente salvaje, calculadamente imprudente.
Llegamos a una galería de sauces, que se abría en perspectiva al paisaje menguante de lluvia. Empezaba a atardecer, la luz cambiaba a través de los nubarrones y los árboles. Nos quedamos en silencio un rato largo, tomados de la mano y mirando al frente, como si el parabrisas estarcido de lluvia fuera una ventana a la que nos asomábamos emocionados. Todavía tomados de la mano, nos volvimos cara a cara para besarnos. Nos habíamos besado mucho ya. Mucho, hasta reventar de ganas de meternos mano en cualquier lado; pero A. , que todavía no había estado con ninguna mujer a sus dieciocho, se mostraba sumamente respetuoso de mis ritmos.
Entonces, como quien se deja llevar por la música por primera vez en un baile desconocido, giré mi cuerpo por completo en el asiento, apoyé la espalda en el tablero y puse mis manos en sus hombros, sin separar mis labios de los suyos. Su lengua me exploraba a conciencia, más relajada; sus manos fueron buscando mi cintura y con un solo movimiento me atrajo hacia él, abrazada con una fuerza que nadie había opuesto contra mí antes. Terminé acaballada sobre él, sintiendo la inequívoca erección de una verga mucho más importante que lo que se dejaba ver a través de los pantalones holgados. Nos mirábamos en mudo silencio en los microsegundos en que dejaba de besarme. Él me acariciaba el pelo con la boca entreabierta y las pupilas dilatadas, a veces olvidándose de respirar.
"Sos hermosa" murmuró, por primera vez, con reverencia. Casi me río en su cara. Yo estaba de jeans y zapatillas sucias, y bajo el sweater rojo inmenso, heredado de mi padre, llevaba una remera blanca de algodón que no por limpia dejaba de revelar los años de uso. Pero miré una vez más sus ojos, que tenían la incandescencia del fuego (ese fuego que no volví a encontrar hasta muchos años después) y la convicción de los iluminados. Supe que siempre, por baqueteados que estuviéramos, nos veríamos con ese cristal de belleza que sólo da la juventud. Y así, incómodos, sin separarnos demasiado, comenzamos a desvestirnos mutuamente.
Estábamos en medio de un camino vecinal de tierra, metido en el bosque, al final de una tarde de lluvia. Pero no estábamos ahí. Nos quedamos absolutamente desnudos en la cabina de la camioneta, sin hacer esfuerzos por disimular que habíamos ido al bosque a coger bajo la lluvia, a la vista de los teros y las cigüeñas, a la vista de cualquier fortuito paseante que pudiera haber tenido la misma idea. Hoy agradezco que tuviéramos tanta suerte; la magia de ese instante era tan precaria, que hasta el viento enmudeció para ayudarnos a crear esa ilusión de intimidad.
Hacía frío, pero ardíamos. Gruesas gotas de sudor nos corrían por la cara, las axilas, los muslos. A las puertas de mi vulva, su verga se enardeció. Cuando me aparté para que pudiera sacarse el boxer, noté el lamparón de humedad que dejó mi flujo. Él pasó dos dedos, índice y mayor, a lo largo de mi vagina empapada; se aventuró dentro de ella con un instinto más fuerte que el de J. y sin pizca de vacilación. Sólo los vaivenes de su respiración le delataban los nervios, y yo ya estaba demasiado caliente para razonar sobre su ánimo. Recuerdo haber pensado si no me habría mentido, si realmente yo era la primera mujer, justo antes de erguirme sobre las rodillas (el volante clavado bajo los omóplatos, la posición más cómoda que recuerde en un vehículo) y comenzar a meterme su pija de a poco.
Él parpadeó dos veces, la respiración suspendida, cuando apenas jugueteaba con su glande entre las piernas. Me tomó de las caderas y me la metió entera, de golpe. Vi estrellas. Me mareé, pero era glorioso. Por primera vez, me dirigían. No era yo la de la iniciativa, no era yo la que le echaba las tetas en la cara para que sorbiera de ellas; se apoderó de mí como quien arranca frutas de un árbol, usándome en todas las maneras en que podía ser usada sin yo saberlo.
Pasaron, al menos, dos horas y tres polvos en completo silencio. Los vidrios quedaron totalmente empañados; nuestra respiración condensada goteaba sobre el tapizado. Mi pelo suelto, largo, había quedado tan enredado que A. se ofreció tímidamente a cepillarlo una vez estuvimos vestidos. Al regresar, yo estaba pegada a él en lugar de a la ventana; mi pierna izquierda rozando su pierna derecha, sus dedos acariciando un moretón en mi cuello y mi pelo otra vez atado.
Hasta ese día, habia vivido engañada. El sexo era otra cosa. El sexo era eso que hacíamos A. y yo, eso que descubrimos juntos.
Caímos juntos en una trampa que, en honor a aquella tarde, insistimos en mantener hasta el final; cuando ya no había más que fuego y cenizas sobre el fuego, cuando ya se había desvanecido toda posibilidad de futuro. Cuando él entendió, cuando finalmente aprendió...
Pero eso, una vez más, es otra historia.
martes 23 de octubre de 2007
El primero
J. llegó primero, por donde menos lo esperaba. Luego de años de fantasías pueriles, donde mi primer noviecito (once años de edad) me daba un beso, luego de la extraña sensación líquida en la panza de los primeros lentos. Y sin tener nada que ver con eso. J. llegó por afinidad, una tarde de convivencia educativa con otros colegios, cuando yo estaba demasiado rodeada de chicas más hermosas como para conseguir que él me mirara.
Mi atención fue hacia él de manera automática. Era un "chico raro", a veces introvertido, que escribía poemas y cantaba muy mal. Yo "hacía como que escribía" y cantaba muy bien. Por esa misma afinidad nos volvimos un poco compinches, un poco desafiantes uno con el otro; no le permitía la más mínima cortesía, me burlaba cruelmente de sus atenciones caballerescas para conmigo. Molesto, invariablemente ponía proa a otras féminas más receptivas y sensibles. En los dos años de cortés indiferencia que siguieron, me di cuenta de que no sólo lo quería y lo admiraba. Me gustaba. Fue el primer amor que conjugó atracción y psique.
J. tenía una cualidad que me hacía buscarlo con insistencia: no olía como nadie que hubiera conocido antes. Algo en ese olor afectaba directamente mis hormonas. Todas mis amigas se habían dado cuenta de que él me gustaba, y empezaban a preguntarse por qué; para ellas era solamente un chico raro. Ni siquiera lindo. Aunque la cualidad soñadora de sus ojos y su labia fueran motivo suficiente para mí, también me gustaba el lenguaje expresivo y un poco torpe de su cuerpo.
Dos años y tres intereses amorosos (suyos, claro) después, una coordinadora vocacional nos juntó en un escenario para recrear ejercicios teatrales. Algo en su forma de mirarme cambió, o tal vez mi cuerpo y mi actitud cambiaron. Mi charla se había vuelto audaz, y mi timidez estaba siendo arrasada por la interacción social forzosa de cumpleaños de 15, matinées y jornadas juveniles. Ahora me rondaban chicos bastante mayores, no tan interesados por mi conversación como por las curvas que empezaban a insinuarse bajo la ropa que yo insistía en mantener austera y púdica.
Una tarde cualquiera, cuando sus intenciones de pedirme noviazgo eran un secreto a voces, fuimos al río y me recitó al oído un poema, mientras me abrazaba por la espalda. Desde el primer momento supe, con una puntada en el corazón, que él no era lo que yo esperaba. Sin embargo, el mandato de la libido era demasiado fuerte. Le ofrecí la boca; el primer beso de mi vida llegaba tarde, más húmedo y brusco de lo que esperaba, y provocándome una impaciencia funesta: "Esto no puede ser todo lo que hay. Quiero más".
A partir de ahí y sin perder su dignidad de chico caballeroso, J. y yo buscamos cada recoveco posible, lejos de la mirada vigilante de mis padres o de los suyos propios, para mandarnos mano, aprendernos, anhelarnos. La oportunidad, estirada morbosamente en las largas tardes de lluvia, llegó en un campamento veraniego. Fuimos a dar un paseo por el descampado, cuando todos dormían la siesta, y llegamos a una arboleda donde nos besamos largo rato, ignorando el calor, los gritos de los loros y las picaduras de los jejenes.
Me besó los pechos, apretándome contra un árbol; su contacto me producía choques eléctricos. ¡Todo era tan distinto en mi cabeza...!, y sin embargo, tan atávico. No me dejaba tocarle por debajo de la malla de baño, pero su mano instantáneamente buscó mi pelvis, apretándola y soltándola mientras su dedo medio bajaba, hurgando en la vulva húmeda, en los labios tiernos que sólo mis propios dedos habían acariciado (y de manera muy superficial) durante años.
Luego, el dolor. La sangre resbalando entre mis piernas. Y J. sin penetrarme todavía, apenas moviendo un único dedo en la calidez apretada, tanto que él mismo se asustó; era la primera vez para los dos. En sus ojos leía el miedo de que yo fuera tan estrecha que su verga me haría daño. En respuesta a la pregunta muda, le bajé el cintillo de la malla, agarrándolo por el tronco con toda la mano. Esperaba lo que tenía entre los dedos; no la textura, tal vez, pero sí la consistencia, la firmeza.
"No tenemos forros" fue lo primero que dijo en toda la tarde, con algo de pena. Nos separamos. La sangre había dejado de fluir; fui a lavarme las manchas rojas en un arroyo cercano. Volvimos en silencio al campamento, J. concentrado en sus pensamientos y yo en el ardor que se extendía de adentro hacia afuera de mi concha recién inaugurada.
Mi atención fue hacia él de manera automática. Era un "chico raro", a veces introvertido, que escribía poemas y cantaba muy mal. Yo "hacía como que escribía" y cantaba muy bien. Por esa misma afinidad nos volvimos un poco compinches, un poco desafiantes uno con el otro; no le permitía la más mínima cortesía, me burlaba cruelmente de sus atenciones caballerescas para conmigo. Molesto, invariablemente ponía proa a otras féminas más receptivas y sensibles. En los dos años de cortés indiferencia que siguieron, me di cuenta de que no sólo lo quería y lo admiraba. Me gustaba. Fue el primer amor que conjugó atracción y psique.
J. tenía una cualidad que me hacía buscarlo con insistencia: no olía como nadie que hubiera conocido antes. Algo en ese olor afectaba directamente mis hormonas. Todas mis amigas se habían dado cuenta de que él me gustaba, y empezaban a preguntarse por qué; para ellas era solamente un chico raro. Ni siquiera lindo. Aunque la cualidad soñadora de sus ojos y su labia fueran motivo suficiente para mí, también me gustaba el lenguaje expresivo y un poco torpe de su cuerpo.
Dos años y tres intereses amorosos (suyos, claro) después, una coordinadora vocacional nos juntó en un escenario para recrear ejercicios teatrales. Algo en su forma de mirarme cambió, o tal vez mi cuerpo y mi actitud cambiaron. Mi charla se había vuelto audaz, y mi timidez estaba siendo arrasada por la interacción social forzosa de cumpleaños de 15, matinées y jornadas juveniles. Ahora me rondaban chicos bastante mayores, no tan interesados por mi conversación como por las curvas que empezaban a insinuarse bajo la ropa que yo insistía en mantener austera y púdica.
Una tarde cualquiera, cuando sus intenciones de pedirme noviazgo eran un secreto a voces, fuimos al río y me recitó al oído un poema, mientras me abrazaba por la espalda. Desde el primer momento supe, con una puntada en el corazón, que él no era lo que yo esperaba. Sin embargo, el mandato de la libido era demasiado fuerte. Le ofrecí la boca; el primer beso de mi vida llegaba tarde, más húmedo y brusco de lo que esperaba, y provocándome una impaciencia funesta: "Esto no puede ser todo lo que hay. Quiero más".
A partir de ahí y sin perder su dignidad de chico caballeroso, J. y yo buscamos cada recoveco posible, lejos de la mirada vigilante de mis padres o de los suyos propios, para mandarnos mano, aprendernos, anhelarnos. La oportunidad, estirada morbosamente en las largas tardes de lluvia, llegó en un campamento veraniego. Fuimos a dar un paseo por el descampado, cuando todos dormían la siesta, y llegamos a una arboleda donde nos besamos largo rato, ignorando el calor, los gritos de los loros y las picaduras de los jejenes.
Me besó los pechos, apretándome contra un árbol; su contacto me producía choques eléctricos. ¡Todo era tan distinto en mi cabeza...!, y sin embargo, tan atávico. No me dejaba tocarle por debajo de la malla de baño, pero su mano instantáneamente buscó mi pelvis, apretándola y soltándola mientras su dedo medio bajaba, hurgando en la vulva húmeda, en los labios tiernos que sólo mis propios dedos habían acariciado (y de manera muy superficial) durante años.
Luego, el dolor. La sangre resbalando entre mis piernas. Y J. sin penetrarme todavía, apenas moviendo un único dedo en la calidez apretada, tanto que él mismo se asustó; era la primera vez para los dos. En sus ojos leía el miedo de que yo fuera tan estrecha que su verga me haría daño. En respuesta a la pregunta muda, le bajé el cintillo de la malla, agarrándolo por el tronco con toda la mano. Esperaba lo que tenía entre los dedos; no la textura, tal vez, pero sí la consistencia, la firmeza.
"No tenemos forros" fue lo primero que dijo en toda la tarde, con algo de pena. Nos separamos. La sangre había dejado de fluir; fui a lavarme las manchas rojas en un arroyo cercano. Volvimos en silencio al campamento, J. concentrado en sus pensamientos y yo en el ardor que se extendía de adentro hacia afuera de mi concha recién inaugurada.
Tardé mucho tiempo en caer en la cuenta de que, en rigor de la verdad, debuté con un dedo. Hoy me río del asunto, que ignoré durante años por obra y gracia de la neurosis.
Sigo considerando que algunas mujeres elegimos el momento de nuestro debut. Pese al año y medio que salimos con J. (sexo periódico mediante), ese verano fue apenas el preludio a un otoño lluvioso en una arboleda muy distinta a aquélla...
miércoles 17 de octubre de 2007
No me puedo acostumbrar
Llegando a mis primeros 30, encuentro que todavía me cuesta...
- Asimilar los piropos y cualquier tipo de mirada desconocida sobre mí
- Aceptar que la evaluación ajena sobre mí sea más positiva que la mía propia
- Cuidarme en las comidas
- No quedarme dormida de inmediato después de un buen coito (dure diez minutos o tres horas)
- Usar tacos, maquillaje, cualquier cosa que signifique producción (excepto ocasiones especiales, antojo o necesidad)
Au contraire, no me cuesta nada...
- Quedarme colgada en el éter cuando suena buena música
- Asimilar los piropos y cualquier tipo de mirada desconocida sobre mí
- Aceptar que la evaluación ajena sobre mí sea más positiva que la mía propia
- Cuidarme en las comidas
- No quedarme dormida de inmediato después de un buen coito (dure diez minutos o tres horas)
- Usar tacos, maquillaje, cualquier cosa que signifique producción (excepto ocasiones especiales, antojo o necesidad)
Au contraire, no me cuesta nada...
- Quedarme colgada en el éter cuando suena buena música
-Esquivar la mirada de alguien que me aburre con su charla para perderme por sobre su hombro en busca de algo más interesante
- El ritual de todos los telos: pasar por el baño y romper las cintas higiénicas, carrerita hasta la cama y zambullida.
- Dar excepcionales primeras impresiones (buenas y malas)
- El ritual de todos los telos: pasar por el baño y romper las cintas higiénicas, carrerita hasta la cama y zambullida.
- Dar excepcionales primeras impresiones (buenas y malas)
- Dar un portazo y decir "si te visto no me acuerdo" cuando la experiencia fue mala
- Leer los pensamientos de los hombres. Y de algunas mujeres también.
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Educación
miércoles 8 de agosto de 2007
Torbellino
S. dice que su primera novia, V. , era una culposa del sexo. Bulímica, problemática y terriblemente celosa. Incapaz de tolerar sus avances. El intuye que yo soy la que le enseña; yo estoy convencida de que es al revés: el hombre es materia prima para la fémina predadora en ciernes.
Sea como sea, somos dos intuitivos del sexo descubriéndose. Me doy cuenta porque él va superando la fase eyaculatoria precoz y dura más tiempo. Goza sin inhibiciones, se permite verbalizar lo que siente. Y crea...
Viernes por la tarde. Es primavera. Quedaron lejos los primeros meses del año en que se mostró distante primero, anhelante y posesivo después.
Sea como sea, somos dos intuitivos del sexo descubriéndose. Me doy cuenta porque él va superando la fase eyaculatoria precoz y dura más tiempo. Goza sin inhibiciones, se permite verbalizar lo que siente. Y crea...
Viernes por la tarde. Es primavera. Quedaron lejos los primeros meses del año en que se mostró distante primero, anhelante y posesivo después.
Nos hemos declarado amantes inconsultos. Ahora, de visita en la pensión y mientras espero que llegue su hermana de la facultad, leo una revista y tomo mate. Entra con la guitarra a la habitación vacía pero no llega a tocar dos acordes y ya me está extendiendo la mano. Me siento en sus rodillas, nos besamos muy despacio. Siento crecer su erección, sus manos trepando por mi espalda, por debajo de la musculosa.
"Pará, nene, es la habitación de las chicas"... Se encoge de hombros sin dejar de besarme. Me fascina su absoluta falta de prudencia cuando está alzado. Comienzo a moverme sobre él, pensando cuánto más lejos puedo hacerlo llegar.
Risas en la puerta de calle... Las chicas vuelven. Me bajo de sus rodillas y voy al baño de mujeres, que queda al lado. Diez segundos después, él se mete, me tapa la boca a besos, me apoya brutalmente de espaldas a la pared y alza una de mis piernas indicándome lo que quiere.
Jadeo en su cuello. Una de las chicas abre la puerta del cubículo de al lado, la escucho tararear y el ruido de la canilla al abrirse. Zafo de su abrazo un segundo para bajarme el short hasta los tobillos y lo pateo a un costado. El se abre apenas el pantalón, asoma su verga cada vez más dura.
Lo rodeo con mis piernas, él me levanta agarrándome de los muslos y me penetra directamente. Nunca pensé que en sus brazos escuálidos tuviera tanta fuerza, o que sus piernas fueran a aguantar mi peso.
Me clava con furia contra la pared, levantándome con una mano remera y corpiño. Todo pasa en un segundo: su cara entre mis tetas, nuestros cuerpos que hierven, el rumor del agua de la ducha al lado, nuestras bocas mordidas, una cabalgata frenética y desprolija, profunda, hacia un orgasmo conjunto y urgente.
Los ojos oscuros me miran fijamente, mientras ahoga mi grito en su boca.
"Pará, nene, es la habitación de las chicas"... Se encoge de hombros sin dejar de besarme. Me fascina su absoluta falta de prudencia cuando está alzado. Comienzo a moverme sobre él, pensando cuánto más lejos puedo hacerlo llegar.
Risas en la puerta de calle... Las chicas vuelven. Me bajo de sus rodillas y voy al baño de mujeres, que queda al lado. Diez segundos después, él se mete, me tapa la boca a besos, me apoya brutalmente de espaldas a la pared y alza una de mis piernas indicándome lo que quiere.
Jadeo en su cuello. Una de las chicas abre la puerta del cubículo de al lado, la escucho tararear y el ruido de la canilla al abrirse. Zafo de su abrazo un segundo para bajarme el short hasta los tobillos y lo pateo a un costado. El se abre apenas el pantalón, asoma su verga cada vez más dura.
Lo rodeo con mis piernas, él me levanta agarrándome de los muslos y me penetra directamente. Nunca pensé que en sus brazos escuálidos tuviera tanta fuerza, o que sus piernas fueran a aguantar mi peso.
Me clava con furia contra la pared, levantándome con una mano remera y corpiño. Todo pasa en un segundo: su cara entre mis tetas, nuestros cuerpos que hierven, el rumor del agua de la ducha al lado, nuestras bocas mordidas, una cabalgata frenética y desprolija, profunda, hacia un orgasmo conjunto y urgente.
Los ojos oscuros me miran fijamente, mientras ahoga mi grito en su boca.
domingo 3 de junio de 2007
Despertar (I)
Salgo de la facultad con las carpetas en la mochila. Atravieso la plaza Moreno, que pese a la hora parece dormida aún. Será el frío, pienso, maravillándome de tener todo el centro para mí. Pocos autos y menos gente. No sé en qué estoy pensando, pero necesito ver a S. Voy a la pensión, desviándome del camino por puro instinto y sin justificación alguna.
Me atiende uno de los chicos, que comparte la habitación con él. Está durmiendo, me dice. A ver si al menos te hace caso a vos y se levanta.
Entro a la pieza. El duerme en una de las cuchetas de arriba; es el único ocupante de una pieza de cuatro, todos los demás ya están rondando las aulas. Le acaricio la cabeza.
"Soy yo. Despertate".
Gira la cabeza, somnoliento. Sonríe.
"Querés que te haga mate?" insisto.
Me mira con los ojos entrecerrados y aparta las sábanas invitándome a subir en silencio. Dudo, pero hace demasiado frío. Y yo quiero... No sé qué quiero. Me encanta tenerlo cerca, y desde el cumpleaños no nos hemos visto, mucho menos tocado.
Subo, vestida y todo. Me abraza posesivamente. Sus manos me acarician con descaro y sin pausa; con un solo gesto me levanta el pullover y las dos remeras, junto con el corpiño. Jadeo al sentirle las manos frías, mientras quedo boca arriba, frente a él. Se mete los dos pezones en la boca, con hambre, uno después del otro. Me retuerzo.
"Boludo, puede venir alguien."
"No hagas tanto quilombo y no va a venir nadie" me dice, riéndose de mis intentos por zafar del abrazo; tiene una pierna suya entre las mías. S. duerme en calzoncillos, aún en invierno. Mi cara arde, él se queda mirándome con los labios entreabiertos a centímetros de los míos...
"Me gustás así..."
"Así cómo..."
"Caliente..."
Me da vuelta de cara a la pared, me baja los joggings y la tanga con urgencia, sin siquiera preguntarme si me cuido con pastillas. Llego a calcular rápidamente que no estoy ovulando; él me coge con ansias, abrazándome, las manos cruzadas sobre mis pechos, la cara hundida en mi cuello. Siento su lengua en la nuca. No tarda más que unos segundos, ni siquiera llego a alcanzar mi propio orgasmo. El está exultante, y yo terriblemente desconcertada. Sé que voy a querer más de él, pero...¿qué?
Sin saberlo, mientras tratamos de volver a la normalidad (caras rojas, labios inflamados) estamos despertando a las bestias.
Me atiende uno de los chicos, que comparte la habitación con él. Está durmiendo, me dice. A ver si al menos te hace caso a vos y se levanta.
Entro a la pieza. El duerme en una de las cuchetas de arriba; es el único ocupante de una pieza de cuatro, todos los demás ya están rondando las aulas. Le acaricio la cabeza.
"Soy yo. Despertate".
Gira la cabeza, somnoliento. Sonríe.
"Querés que te haga mate?" insisto.
Me mira con los ojos entrecerrados y aparta las sábanas invitándome a subir en silencio. Dudo, pero hace demasiado frío. Y yo quiero... No sé qué quiero. Me encanta tenerlo cerca, y desde el cumpleaños no nos hemos visto, mucho menos tocado.
Subo, vestida y todo. Me abraza posesivamente. Sus manos me acarician con descaro y sin pausa; con un solo gesto me levanta el pullover y las dos remeras, junto con el corpiño. Jadeo al sentirle las manos frías, mientras quedo boca arriba, frente a él. Se mete los dos pezones en la boca, con hambre, uno después del otro. Me retuerzo.
"Boludo, puede venir alguien."
"No hagas tanto quilombo y no va a venir nadie" me dice, riéndose de mis intentos por zafar del abrazo; tiene una pierna suya entre las mías. S. duerme en calzoncillos, aún en invierno. Mi cara arde, él se queda mirándome con los labios entreabiertos a centímetros de los míos...
"Me gustás así..."
"Así cómo..."
"Caliente..."
Me da vuelta de cara a la pared, me baja los joggings y la tanga con urgencia, sin siquiera preguntarme si me cuido con pastillas. Llego a calcular rápidamente que no estoy ovulando; él me coge con ansias, abrazándome, las manos cruzadas sobre mis pechos, la cara hundida en mi cuello. Siento su lengua en la nuca. No tarda más que unos segundos, ni siquiera llego a alcanzar mi propio orgasmo. El está exultante, y yo terriblemente desconcertada. Sé que voy a querer más de él, pero...¿qué?
Sin saberlo, mientras tratamos de volver a la normalidad (caras rojas, labios inflamados) estamos despertando a las bestias.
miércoles 16 de mayo de 2007
Flashback
Mientras hablamos, el muchacho aquél me toca la mano. Con una naturalidad y un desparpajo que me asombran un poco, bajándome las defensas: todavía tengo encima una pajueranez bastante arisca que no acepta el contacto inmediato de un desconocido.
Es la primera noche que salimos de after, a instancias de una amiga común, y temo se note demasiado que no soy "del ambiente". Sin embargo, caigo bien de inmediato: ojalá me pasara más seguido, pienso divertida, y dejo que los dedos inquietos trepen de la mano al brazo. El muchacho aquél ignora (deliberadamente, tal vez) la mirada oscura de mi acompañante clavándose en la boca risueña, en los ojos con un aura de delineador.
De todos modos, N. entiende que por la obvia (o casi) condición homosexual de nuestro conocido reciente, no corremos peligro. En algún aparte, sabrá hacer un comentario irónico y delicioso sobre el incidente.
Seis años antes:
Un profesor regordete, de ojos parpadeantes, nos habla de religión. Su mirada se posa en mis rodillas, pudorosamente cubiertas por la pollera tableada reglamentaria. La mano sigue a la mirada, la clase se agita imperceptiblemente y cesan los cuchicheos. Me pongo pálida por un momento, pero pronto advierto que lo que atrae la atención del profe es apenas una pelusa de algodón blanco. Sin embargo, retirada la pelusa, la mano sigue allí. Quedo envarada un instante, hasta que puedo encontrar mi propia voz para pedir salir al baño.
Al verano siguiente, escucho por la radio que expulsaron al profe de la comisión del club de sus amores. Mis compañeras, las de peores lenguas, dicen que le quiso pagar a un muchacho conocido nuestro, el Turco, por "servicios" de índole personal. Mirá vos, digo, mientras hojeo un programa de estudios.
Una semana antes del after:
Hagrid dice:
Es que vos tenés un imán para los putos, nena. Sos una muñeca de puto. Un ícono.
A mí, como siempre, se me escapan todas las tortugas.
miércoles 18 de abril de 2007
Reincidencia
Se terminaron las vacaciones. Vuelvo a la facultad, volvemos a encontrarnos en las reuniones del grupo: ahora trae a su hermana, que empieza a estudiar Psicopedagogia. Todo está igual entre los dos, excepto esa sonrisa pícara con que me mira a veces al preguntarme por "tu novio". Y también al hecho de que ocasionalmente me deja tomarle del brazo cuando hablamos.
Durante un par de meses todo sigue igual. Su hermana me invita al cumpleaños en la pensión mixta donde viven. Está lleno de estudiantes alegres, prácticamente todos desconocidos. Tomamos un poco de cerveza, ayudo con las pizzas; A. pasará a buscarme temprano, le digo a Meli, que se lamenta de que tenga que irme antes, justo cuando todos van a salir a bailar.
S. escucha en silencio, lo siento a mis espaldas cuando voy a lavar unos vasos.
"Por qué no vas a salir con nosotros? Tan casada estás?"
Me río. Lo próximo que recuerdo es su boca en la mía en la penumbra del living de la pensión: él sentado en un sillón conmigo encima, acaballada sobre sus rodillas con loas piernas abiertas, sintiendo su erección contra la humedad de mi propio sexo a través de los pantalones. Nos besamos durante horas, sin parar a respirar, sin decirnos nada; me acaricia los pechos por debajo del buzo, de la remera, y jadea en mis oídos y mi cuello:
"Esto puede terminar de una sola manera. Yo quiero llegar hasta el final".
"No podemos. Me vienen a buscar. Ya sabés".
"No te vayas". me dice metiendo una mano por debajo de mi bombacha. "No te vayas" repite con los ojos afiebrados, mordiéndome el cuello.
"No puedo quedarme..."
Suena el timbre. Reconozco el motor del auto que me espera. Me bajo con reticencia de sus rodillas, ese desprendimiento me causa un dolor inesperado. Me mira con una sonrisa que no alcanza a disimular su enojo.
"Claro. Yo caliento la pava y otro se toma el mate".
Lo beso en los labios por última vez.
"Despedime de Meli. Nos vemos en la semana".
Hace un gesto despreciativo al saludarme en la puerta. A. lo saluda desde el auto. Me siento junto a él, lo beso en los labios. Arranca con una sonrisa.
"Tengo que decirte algo" empiezo, mirando al frente. El escucha sin mirarme, todo el tiempo que tardamos en llegar a su casa: me escucha contarle de S., cae en la cuenta de que acabo de besarlo con la boca húmeda de los besos de otro, que llevo el cuerpo tibio de caricias de otro. Acelera. Y esa noche, cogemos como si se fuera a acabar el mundo.
lunes 12 de marzo de 2007
Malos pensamientos
"Rezá, que Dios te guarde de los malos pensamientos" dijo mamá, la noche en que descubrió mi mano moviéndose bajo las sábanas, a centímetros de las cabecitas durmientes de mis hermanos menores.
Yo tenía siete u ocho años. Lo descubrí a los seis, cuando por casualidad espié una escena de contenido sexual bastante flojito (no más que la lengua de una mujer recorriendo los labios, el cuello y el lóbulo de la oreja de un hombre, voces roncas, respiraciones levemente agitadas).
Algo me cosquilleó bajo el ombligo. Estaba enferma, con anginas. Estaba sola. Me toqué la pelvis primero, oprimiendo el lugar donde sentía esa extraña electricidad. Pero la sensación no se iba. Mis ojos seguían la escena, y mis dedos buscaban instintivamente la fuente de ese misterio. Nunca había sentido algo igual. Detestaba las cosquillas, y esto no podían ser cosquillas... era raro: no desagradable, no exactamente agradable.
Mi dedo mayor, el de la mano derecha, llegó a la uretra. Di un saltito instintivo, el corazón latiendo todo lo rápido que puede latir cuando una es chica y tiene fiebre. Ahí... Casi ahí. Mis inexistentes caderas tensas, los empeines estirados hasta hacerme temblar las piernas.
La mujer susurrando al oído del hombre cosas que no lograba entender, el hombre jadeando con los ojos cerrados. De pronto, los sonidos, las imágenes y mi dedo que presionaba y frotaba, arriba y abajo, eran una sola cosa: perdí la noción de la realidad, se me borró un poco la visión. Finalmente, un latido, una pulsación única emitida por debajo de ese dedo... y se había ido.
Quedaban mis propios labios apretados, enrojecidos, mi corazón latiendo desordenadamente y una sensación desorientada. Ya no tenía ganas de tocarme de nuevo: la electricidad se había fugado en aquel pulso único irradiado desde mi pubis inexistente hasta la punta de mis pies, la raíz de mi pelo. Me di vuelta y me dormí.
Ya era una lectora precoz, curiosa irredenta. La asociación estaba establecida: mujer erotizando hombre, hombre seduciendo a mujer, caricias, voces susurrantes. Me convertí en una buscadora obsesiva de cualquier texto, imagen, música o película que evocara aquella sensación primigenia. Luego, la recreaba una y otra vez en mi imaginación a la hora de acostarme. Y cuando estaba sola en casa, me escondía en el baño para inventar nuevas maneras de estimularme.
Pese a las recomendaciones de mi madre, nunca pude evitar esos "malos pensamientos". Fueron mi primer terreno de juegos. Ya mayor, aprendí a contorsionarme en la bañera, bajo la ducha, para poder lamer mis propios pechos. En días particularmente febriles, podía llegar a inventar maniobras subrepticias en el pupitre del colegio, en una reunión familiar, en un cumpleaños donde "por error" alquilaron una de terror con escenas de sexo estudiantil. Me masturbaba leyendo historias de la Biblia, escuchando Enigma MCMXC, espiando películas de la Coca Sarli, publicidades de lencería, películas de clase B con escenas de violación. Estas últimas me ponían especialmente inquieta, y acababa con mucha más rapidez; de inmediato me asaltaba un sentimiento de culpa que se desvanecía al poco rato, cuando volvía a mis libros, mis muñecas y mis juegos. Pretendiendo que era una chica "normal". O al menos, lo suficiente para que los demás lo creyeran.
Nunca nadie me descubrió, más que mi madre. Mis pensamientos han derivado de "malos" a simplemente "muy perversos". Y la culpa, antes escasa, se volvió inexistente.
Siempre vuelvo a ese terreno de juegos, aún cuando esté sobrada de sexo. Pocos hombres han logrado equiparar esa sensación que sólo alcanzo por mí misma.
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Educación
jueves 1 de marzo de 2007
S, amigo
Hasta esa noche, habíamos sido amigos. Los más compinches. Burlones, bailarines, viajadores. Nos contábamos todo: Cuando teníamos que quedarmos a dormir en casa ajena, incluso lo hacíamos espalda contra espalda en la misma cama.
S. no era especialmente afecto al contacto físico.
Se reía todo el tiempo, hablaba mucho, pero se comunicaba más que nada a través de la música. Tenía una expresión perpetua de ensoñación en la cara, era hermoso e inalcanzable. A mí me gustaba muchísimo el tono de su voz y la manera en que se movían sus labios al hablar.
Al igual que S., yo sólo había tenido una relación estable en mi vida, y había terminado mal.
Un par de días antes volvíamos en tren desde Buenos Aires, y él tenía sueño. Le ofrecí, como otras veces, que apoyara la cabeza en mi falda. Lo hizo. Empecé a acariciarle el pelo, que tenía un poco largo en las sienes, mientras pensaba de golpe que me gustaba más que como amigo.
Debió leerme el pensamiento, porque hizo algo que nunca antes: me agarró la otra mano, la que no lo acariciaba, y empezó a pasar la yema de sus dedos por mi muñeca. Era un contacto abstraído y pensativo, pero me produjo unas vibraciones cerca del ombligo que no había sentido nunca. Algo cambió en mi caricia cuando llegó el choque eléctrico; S. giró la cabeza y me miró con ojos pícaros, sonriendo.
Noches después, terminada la cena de fin de año del grupo, quedamos espalda contra espalda en la cama. Hacía calor, pero insistió en que nos tapáramos con una sábana. Tuve una noche llena de sobresaltos por el calor, y me desperté muy temprano vuelta hacia él.
El se volvió hacia mí, quedamos cara a cara. Empezó a acariciarme con mucha suavidad, dibujándome el contorno de la cara sin aproximarse. Pronto mis propios dedos le recorrían el mentón, los pómulos, el contorno del pelo. Era tan natural que ni siquiera hablábamos. Apenas la respiración cada vez más agitada, pese a que no había otro contacto que el de los dedos en la piel del rostro y las manos.
La que empezó a besarlo fui yo. Picotazos leves en la nariz, el cuello y los párpados. Me detuvo de golpe, agarrándome de la nuca.
"Si no parás ahora mismo" me dijo con esa voz dulce que nunca había escuchado antes, en realidad "te voy a morder la boca".
Y yo, que no quería otra cosa, no paré.
S. no era especialmente afecto al contacto físico.
Se reía todo el tiempo, hablaba mucho, pero se comunicaba más que nada a través de la música. Tenía una expresión perpetua de ensoñación en la cara, era hermoso e inalcanzable. A mí me gustaba muchísimo el tono de su voz y la manera en que se movían sus labios al hablar.
Al igual que S., yo sólo había tenido una relación estable en mi vida, y había terminado mal.
Un par de días antes volvíamos en tren desde Buenos Aires, y él tenía sueño. Le ofrecí, como otras veces, que apoyara la cabeza en mi falda. Lo hizo. Empecé a acariciarle el pelo, que tenía un poco largo en las sienes, mientras pensaba de golpe que me gustaba más que como amigo.
Debió leerme el pensamiento, porque hizo algo que nunca antes: me agarró la otra mano, la que no lo acariciaba, y empezó a pasar la yema de sus dedos por mi muñeca. Era un contacto abstraído y pensativo, pero me produjo unas vibraciones cerca del ombligo que no había sentido nunca. Algo cambió en mi caricia cuando llegó el choque eléctrico; S. giró la cabeza y me miró con ojos pícaros, sonriendo.
Noches después, terminada la cena de fin de año del grupo, quedamos espalda contra espalda en la cama. Hacía calor, pero insistió en que nos tapáramos con una sábana. Tuve una noche llena de sobresaltos por el calor, y me desperté muy temprano vuelta hacia él.
El se volvió hacia mí, quedamos cara a cara. Empezó a acariciarme con mucha suavidad, dibujándome el contorno de la cara sin aproximarse. Pronto mis propios dedos le recorrían el mentón, los pómulos, el contorno del pelo. Era tan natural que ni siquiera hablábamos. Apenas la respiración cada vez más agitada, pese a que no había otro contacto que el de los dedos en la piel del rostro y las manos.
La que empezó a besarlo fui yo. Picotazos leves en la nariz, el cuello y los párpados. Me detuvo de golpe, agarrándome de la nuca.
"Si no parás ahora mismo" me dijo con esa voz dulce que nunca había escuchado antes, en realidad "te voy a morder la boca".
Y yo, que no quería otra cosa, no paré.
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