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domingo 6 de abril de 2008

La máquina de follar (III)

Me reí sin maldad.

"Esas cosas no se preguntan. A vos qué te parece?"

"Quiero que me lo digas" murmuró, y su cabeza bajo hasta mis pechos para besarlos. Estaban enrojecidos, los acarició con su pelo mientras bajaba con besos hacia mi vientre. Lo detuve antes de que llegara al ombligo. Mis dedos jugaban con sus orejas, sus facciones un poco irregulares.

"Me inquieta un poco que no me hables".

"Me gustás más callado" dije, y esta vez sí reí con algo de aspereza. Se acodó junto a mí, mirándome sin hablar por un rato largo, pasando el reverso de los nudillos por mi cintura y mis muslos.

"Sos rara".

Bajé los ojos y comencé a rozarle la verga con la punta de los dedos, aunque apenas se estaba recuperando del orgasmo anterior. Acaricié despacio, desde los testículos hacia la cabeza, incitándolo nuevamente. "Soy insaciable" dije, con falsete en la voz. "Te desafío a que me canses".

Lo lamí despacio, como si fuera un helado. Concentrándome en cada nervadura de su pija, lo llevé exactamente al punto en que me gusta. Eso, o sería que se estaba adaptando a mí con una rapidez que no había visto en ningún hombre hasta el momento. Me acariciaba la cabeza sin fuerza, con absoluto deleite. Podía sentirlo pulsar contra mi paladar. Lo fui absorbiendo a conciencia, tragándome casi todo el tronco para que la punta de mi lengua jugara con el nacimiento de los testículos. Cuando hice un movimiento para acariciarle el perineo, adivinó mi intención y me separó con un poco de brusquedad.

"No, eso no"

Mi risa fue absolutamente despiadada. "¿Por qué no?"

"No soy puto" dijo, y de inmediato se corrigió al verme sonreír con malicia "Prefiero que me la chupes".

"Pobre nene" murmuré en la cabeza de su verga, mirándolo a los ojos mientras me la metía y sacaba de la boca. "Pobre chiquito. ¿No te gusta que te rompan el culito?".

De ahí en más, lo único que pudo hacer para superar el bochorno momentáneo fue emplear todas sus artes para darme un orgasmo a la altura de los anteriores.

Eso, y dejarme quedar a dormir en su casa las pocas horas que podíamos hasta la mañana.

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Me desperté primero. Él dormía boca arriba, con una mano apoyada sobre la frente. Se escuchaba el canto de los pájaros y la luz fría de la incipiente primavera estallaba en las ventanas, a través de las cortinas translúcidas.

Yo estaba relajada y en paz. Sentía el pulso de mi vulva inflamada, la piel enrojecida por sus besos de barba apenas crecida. Rodeé la cama y me senté en el otro extremo de la habitación, de cara al sol, disfrutando el silencio de ese barrio tranquilo. Me senté sobre mis pantorrillas, la espalda bien derecha. Alcé lentamente los brazos, haciendo mi saludo al sol. Exhalé despacio.

Volví a la cama y cerré los ojos sin dormirme. Menos de media hora después, sentí que me miraba. Algo cambia en la respiración de un hombre que se despierta para mirarte dormir, y no hace falta abrir los ojos para darse cuenta.

Sentí que se levantaba y pasaba rápidamente del baño al pasillo. Me desperecé, agarré el control remoto y prendí el televisor para ver las noticias. Volvió quince minutos más tarde con una bandeja y el desayuno: té con tostadas, manteca y dulce. Comimos en silencio, mi rodilla sobre su muslo, su mano cada tanto acariciando esa porción de piel. Él seguía mirándome.

"¿En qué pensás?"

Le sonreí.

"En vos"

Era mentira. De hecho, en el mismo momento en que él me hacía esa pregunta, pensaba de qué modo podría contarle a A. lo que acababa de hacer con ese extraño, que a menos de 24 horas de conocerme ya me había llevado a su casa y luego de una de las noches de sexo más intensas e incendiarias de mi vida me preparaba el desayuno. A. nunca me preparó el desayuno, en los cuatro años y medio que llevábamos saliendo; incluso en la breve convivencia transicional de dos meses antes de que él se fuera de la ciudad.

Descarté el pensamiento enseguida. B. me miraba y el mundo, por el momento, cabía en esa habitación llena de luz de domingo.

Yo había entrado a un mundo nuevo, desconocido y fascinante. No tenía idea de lo rápidas que son algunas situaciones cuando dos ludópatas sexuales se encuentran. Aquel fin de semana, yo encontré la entrada de ese mundo, y B. encontró la horma de su zapato. Para bien o para mal.


lunes 17 de marzo de 2008

La máquina de follar (II)

Entró con dos vasos y las cervezas frías abiertas. Yo todavía daba vueltas, un poco confundida, cerca de la ventana que daba a la calle arbolada; para disimular mi nerviosismo, después del primer brindis sobre la cama le mandé mano dentro de los calzoncillos. Se echó hacia atrás con aire divertido y exagerado... pero ya estaba totalmente al palo, y parecía ser mejor de lo que se apreciaba a simple vista.

La ropa no tardó en volar por toda la habitación. Como le dije que me gustaba la música celta, consiguió un CD chill out para ponerme en clima. Era tan malo y al principio estaba tan nerviosa por la situación que me costó dejar de concentrarme en cualquier cosa que no fuera la música.

No tardó en tomarme el viento. Estaba claro que no iba a permitir que fuera yo la de la iniciativa. Me tumbó boca arriba sobre la cama para besar todo mi cuerpo, mientras se iba deshaciendo de las prendas que faltaban. Con la clásica presunción del macho que sabe levantarse minas de poca experiencia, me soltó todas las frases clásicas... "tu concha es hermosa... ", "me encanta que seas tan puta", "alguna vez te dijeron que sos sumamente comestible?". A todas sus palabras, yo respondía con un silencio hermético, clavando mis ojos en los suyos y enredando los dedos en su pelo, obligándolo a concentrarse en lo que realmente sabía hacer con la boca.

Su verga se me hacía desear. Solo podía intuirla por la presión ocasional entre las pantorrillas y los muslos. "Dejame chuparla" pedí, forzándolo a mirarme con una mano bien apretada detrás de su nuca. Tenía los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Apoyó sus manos en mis rodillas, abriéndome los muslos y sin mediar aviso, puso la punta de la verga en mi concha, empujando un poco. Me erguí, rechazándolo.

"Sin forro no".

Sonrió de lado y empujó calculadamente, una y otra vez sólo con el glande, logrando que terminara de empaparme.

"Es que no tenés idea de lo bien que se siente garcharte asi"

Di un empujón más fuerte, sentándolo en la cama y poniéndome encima de él, expulsándolo del todo. Aún así, no resistió por mucho tiempo mi concha suspendida sobre él, rozándolo sin permitirle la penetración. Estiró la mano sin dejar de mirarme, se puso el forro rápidamente y me acaballé sobre él de inmediato. Me abrazó con tanta fuerza que podía imaginar sus dedos marcados en mi espalda al día siguiente. A partir de ese momento, el juego fue absolutamente compartido. Me cogió de todas las formas imaginables, incluso totalmente de pie, con las manos apoyadas en la viga más baja del techo.

B. es (al día de la fecha nadie me ha desmentido) uno de los hombres más machistas que haya conocido. Mientras pasaba por todoss los estados de excitación, pensaba que tal vez por eso se preocupaba por darme tanto placer. Estaba maravillada de la pericia con que me penetraba boca arriba, con las piernas bien abiertas. O en cuatro patas, levemente empinado hacia adelante. Tenía un ritmo y un timing perfectos. Pero algo fallaba...

Pese al ruido de la sangre bombeando en mis oidos, pese a la intensa excitación, faltaba algo. Ese "algo" que sólo vislumbraba en los momentos en que se cruzaban nuestros ojos y su respiración se suspendía por un segundo. No sé cuántas veces contuvo el orgasmo. Como revancha, lo usé para perfeccionar la técnica que venía aprendiendo desde niña para mi propio placer, estrujando su verga palpitante con contracciones de mi vagina.

"Me vas a matar. Decime qué querés de mí"

"Dame... Dame. Vos sabés lo que quiero. Dámelo"

Me acaballé de nuevo sobre él, pero de inmediato me agarró de la cintura y me puso en cuatro patas. Amagó una brutal penetración anal, pero de inmediato suavizó su embate, trabajando mis nalgas y abriéndolas con paciencia. Mi frente se cubrió de transpiración: era bastante novata en ese terreno. Sin embargo, sin dejar de hablarme y acariciarme la nuca y la espalda, consiguió que me aflojara lo suficiente para dejarlo entrar.

Cuando llegó a la mitad del recorrido, me mordí los labios en un gemido. "Despacio" escuché en mi oído, mientras me cubría con su cuerpo, amoldándose perfectamente a mi ritmo. "Despacio" murmuraba, cada vez más excitado, con una mano jugando en mi clítoris empapado y sus caderas moviéndose hacia atrás y hacia adelante, muy suavemente. Podía sentirlo verdaderamente excitado, respirando en mi nuca con gemidos agudos y entrecortados. "Sos increíble" me dijo. Era el primer cumplido auténtico de la noche. "Sos la mina más caliente que haya conocido".

Giré la cabeza para mirarlo, él me tomó la cara con la mano para besarme y sostenerme la mirada, sin dejar de bombear con suavidad, profundo.

"Callate de una vez" susurré en su boca "y dame todo lo que tengas".

Enardecido y sin dejar de mirarme a la cara, me penetró hasta el fondo. Una. Dos. Tres veces. El placer era insoportable. Acabamos juntos, ahogando el grito boca contra boca. No salió de inmediato, sino que fue aflojándose de a poco. Caímos en la cama, uno junto al otro.

Él me miraba con ojos de incendio y los labios entreabiertos. Pensé que había encontrado la manera de comunicarme con él, en silencio al fin. Pero tuvo que hacer la pregunta.

"Te gustó?"


viernes 25 de enero de 2008

La máquina de follar (I)

Me pasó a buscar por casa diez minutos después de hablar por teléfono; no sé qué excusa habría preparado para salir tan rápido, pero ahí estaba. No lo recordaba bien y a la luz menguante de esa tarde de septiembre se lo veía mejor: mucho menos atractivo de lo que parecía en el boliche, pero aún así, magnético. Esa era la sensación exacta.

Sentada a su lado con las manos cruzadas en la falda, sin maquillaje, sin más que unas gotas de perfume y el pelo atado detrás de las orejas, lo dejé estudiarme mirándolo de reojo con una sonrisa tranquila. Él me clavaba la vista en la cara en cada semáforo, tal vez evaluando la clase de mina con la que había transado la noche anterior, borrachos los dos y sin mucha idea.

"Por la foto pensé que eras más chica" me dijo. " Tenés mucha cara de nena ahí."

"No tengo ninguna más actual. Esa es de hace dos años" explico, sonriendo exactamente como en la foto. Él hace que sí con la cabeza.

"Cuando sonreís así, tenés casi la misma cara. Tal vez sea la sonrisa, entonces. ¿No me vas a dar ni un solo beso?"

La pregunta iba a ser una constante en nuestra fugacísima relación: un ruego, dicho con el tono impostado de un niño desvalido que hace pucheros. Me reí, lo tomé del mentón y lo besé un poco exageradamente en el semáforo de Sarmiento y Libertador. Deslizó la mano de la palanca de cambios a mi muslo, oprimiéndolo un poco. Sé reconocer el tacto de un hombre hambriento, aunque sea uno acostumbrado a contenerse.

Éste, bien comido y todo, exudaba un apetito alarmante.

No me dijo a dónde íbamos. Asumí que me llevaba a pasear por sus dominios de Olivos y Acassuso, zona que sólo recordaba desde la ventanilla de un tren al Tigre. Tal vez, después, a un telo. Pero no: paró en un quiosco para levantar cigarrillos y dos cervezas, y sin preámbulos estacionó a menos de diez cuadras, frente al garage de una casa blanqueada a la cal, con hiedra.

Bajé. Entré. Había gente. Saludamos. Tardé un momento en darme cuenta de que me había llevado a su propia casa, un lugar donde sonaba música suave y cuyos ocupantes parecían ser unas cuatro o cinco personas de mi edad, o menos. Me señaló su habitación, al final del pasillo ("te alcanzo luego", beso rápido en los labios, agarrándome la cara y mirándome fijo a los ojos).

Lo primero que noté inevitablemente al entrar, era un corpiño colgado del respaldo de la cama. La cama propiamente dicha ocupaba casi todo el cuarto... y era un cuarto grande.

martes 30 de octubre de 2007

Bizarre


Era tan normal que me causaba gracia. Primera vez que me llamaba la atención alguien tan asombrosamente predecible. Un par de mensajes privados en un chat room donde era conocida por "simpática-pero-con-novio". Dos días después, harta de los palos públicos, le pasé el contacto del msn.

Decía muchas cosas. Que estaba saliendo con una mujer mayor que él, que ya había perdido la cuenta de las minas que se había curtido pero debían andar por las 250, que había debutado a los 13 años con la mucama, que mientras pensaba cómo zafar de la deliciosa compañía de la mujer perfecta con la que andaba la guampeaba con su mejor amiga, que el sexo era para él lo mejor en la vida.
Yo escuchaba (más bien leía) todo ese blabla con la picardía de mis veintipocos, tirándole la lengua y pensando que no íbamos a tardar mucho en conocernos; la única foto mía que tenía lo había "calentado", aún cuando no era de cuerpo entero. Y cuando olisqueó mi interés por las féminas, me chantó una foto de ella; de lomo para abajo, claro. Me reí: "Muy chiquita para mi gusto, pero si es morocha garpa". Quedó listo.

Las circunstancias en que finalmente nos vimos hicieron que a partir de ese momento me refiriese a él como Bizarre. B, para abreviar. Apareció en la reunión del chatroom con una actitud de perfil bajo, bien "de nuevo". A medida que corrían la cerveza y el vodka, buscó acercarse a mí hasta que quedamos aparte, entre las sombras.
Yo estaba eufórica y, por esa noche, soltera; A. sabía que iba a conocerlo, pero me divertía el doble que B. pensara que estaba de trampa. En cambio, le hablé de mi atávico gusto por los morochos como él: altos, con buena boca. Me besó de inmediato, agarrándome del cuello para que no pudiera escapar. Hacía rato que nadie me besaba con esa desesperación (A. no es muy amigo de los besos y S. había salido de la liga "con derecho a roce" para pasar a la de los buenos amigos).

La química fue explosiva y mutua. Dos minutos después me arrastró a un reservado. Pese a tener bastante trabajo con mi boca, mi cuello y sus propias manos (ávidas por meterse en cada recoveco que el exceso de ropa permitiese), aún tenía tiempo de preguntarme cosas. Yo sólo le respondía con risas, besándolo con los ojos abiertos.

Media hora después de que descubriera al tanteo la textura de mis pechos y qué tipo de bombacha traía puesto, empecé a sentirme mal; tanta lengua en la tráquea me recordaba que había tomado de más. Me levanté de un salto explicándole que tenía que vomitar. Insistió en llevarme al baño: atravesamos los cuarenta metros a trompicones, él todavía pegado a mí con una erección brutal que ni el patético espectáculo de mi borrachera consiguió bajar. Tratando de hacerme hablar, contándome sus propios secretos de niño rico con tristeza. Me frené en seco a algunos pasos del baño: "¿Qué querés que te diga? Que te cuente de mis edipos inexistentes, de cómo me hice bisexual, de la influencia de los hombres en mi vida? No te hagas el que te importa y ayudame".

De lo que siguió a eso retengo fragmentos. Él agarrándome el pelo y viéndome vomitar en silencio. Sus ojos fijos en mí, serios, cada vez que lo miraba. Un último beso. El brazo con que me rodeaba cuando llegué al taxi. Su número de celular anotado en una tira de papel. Mi llamado al día siguiente, cuando estaba con ella. Su disculpa posterior, en un re-llamado: "Hoy estoy libre. Toda la noche. ¿Nos vemos?".