Sentada a su lado con las manos cruzadas en la falda, sin maquillaje, sin más que unas gotas de perfume y el pelo atado detrás de las orejas, lo dejé estudiarme mirándolo de reojo con una sonrisa tranquila. Él me clavaba la vista en la cara en cada semáforo, tal vez evaluando la clase de mina con la que había transado la noche anterior, borrachos los dos y sin mucha idea.
"Por la foto pensé que eras más chica" me dijo. " Tenés mucha cara de nena ahí."
La pregunta iba a ser una constante en nuestra fugacísima relación: un ruego, dicho con el tono impostado de un niño desvalido que hace pucheros. Me reí, lo tomé del mentón y lo besé un poco exageradamente en el semáforo de Sarmiento y Libertador. Deslizó la mano de la palanca de cambios a mi muslo, oprimiéndolo un poco. Sé reconocer el tacto de un hombre hambriento, aunque sea uno acostumbrado a contenerse.
Éste, bien comido y todo, exudaba un apetito alarmante.
No me dijo a dónde íbamos. Asumí que me llevaba a pasear por sus dominios de Olivos y Acassuso, zona que sólo recordaba desde la ventanilla de un tren al Tigre. Tal vez, después, a un telo. Pero no: paró en un quiosco para levantar cigarrillos y dos cervezas, y sin preámbulos estacionó a menos de diez cuadras, frente al garage de una casa blanqueada a la cal, con hiedra.
Bajé. Entré. Había gente. Saludamos. Tardé un momento en darme cuenta de que me había llevado a su propia casa, un lugar donde sonaba música suave y cuyos ocupantes parecían ser unas cuatro o cinco personas de mi edad, o menos. Me señaló su habitación, al final del pasillo ("te alcanzo luego", beso rápido en los labios, agarrándome la cara y mirándome fijo a los ojos).
Lo primero que noté inevitablemente al entrar, era un corpiño colgado del respaldo de la cama. La cama propiamente dicha ocupaba casi todo el cuarto... y era un cuarto grande.

