viernes 25 de enero de 2008

La máquina de follar (I)

Me pasó a buscar por casa diez minutos después de hablar por teléfono; no sé qué excusa habría preparado para salir tan rápido, pero ahí estaba. No lo recordaba bien y a la luz menguante de esa tarde de septiembre se lo veía mejor: mucho menos atractivo de lo que parecía en el boliche, pero aún así, magnético. Esa era la sensación exacta.

Sentada a su lado con las manos cruzadas en la falda, sin maquillaje, sin más que unas gotas de perfume y el pelo atado detrás de las orejas, lo dejé estudiarme mirándolo de reojo con una sonrisa tranquila. Él me clavaba la vista en la cara en cada semáforo, tal vez evaluando la clase de mina con la que había transado la noche anterior, borrachos los dos y sin mucha idea.

"Por la foto pensé que eras más chica" me dijo. " Tenés mucha cara de nena ahí."

"No tengo ninguna más actual. Esa es de hace dos años" explico, sonriendo exactamente como en la foto. Él hace que sí con la cabeza.

"Cuando sonreís así, tenés casi la misma cara. Tal vez sea la sonrisa, entonces. ¿No me vas a dar ni un solo beso?"

La pregunta iba a ser una constante en nuestra fugacísima relación: un ruego, dicho con el tono impostado de un niño desvalido que hace pucheros. Me reí, lo tomé del mentón y lo besé un poco exageradamente en el semáforo de Sarmiento y Libertador. Deslizó la mano de la palanca de cambios a mi muslo, oprimiéndolo un poco. Sé reconocer el tacto de un hombre hambriento, aunque sea uno acostumbrado a contenerse.

Éste, bien comido y todo, exudaba un apetito alarmante.

No me dijo a dónde íbamos. Asumí que me llevaba a pasear por sus dominios de Olivos y Acassuso, zona que sólo recordaba desde la ventanilla de un tren al Tigre. Tal vez, después, a un telo. Pero no: paró en un quiosco para levantar cigarrillos y dos cervezas, y sin preámbulos estacionó a menos de diez cuadras, frente al garage de una casa blanqueada a la cal, con hiedra.

Bajé. Entré. Había gente. Saludamos. Tardé un momento en darme cuenta de que me había llevado a su propia casa, un lugar donde sonaba música suave y cuyos ocupantes parecían ser unas cuatro o cinco personas de mi edad, o menos. Me señaló su habitación, al final del pasillo ("te alcanzo luego", beso rápido en los labios, agarrándome la cara y mirándome fijo a los ojos).

Lo primero que noté inevitablemente al entrar, era un corpiño colgado del respaldo de la cama. La cama propiamente dicha ocupaba casi todo el cuarto... y era un cuarto grande.

viernes 11 de enero de 2008

Despertar (II)

Soñé que no estabas. Mi cuerpo se arqueó en la cama y saltó por sí mismo buscando el aire, como si hubiera estado metido en el fondo de una pileta. Afuera, un montón de rostros desconocidos. Y yo estaba desnuda. Y no había nada para poder cubrirme. Por primera vez sentí mucha vergüenza acumulada... ¿Por qué tuve que hacer tantas tonterías antes de conocerte? Tanta pelotudez de la que ahora me arrepiento. Todo para que vos termines mirándome a los ojos con dulzura y diciendo que ahora soy quien soy para vos, entre otras cosas, por lo que fui.

Ahora busco entre los cuadernos de viaje que me siguieron hasta aquí alguna huella de lo que sentía aquellas veces y sólo encuentro los bosquejos, las cenizas. Como si mi alma hubiera estado en carne viva, dando gritos, y hoy sólo quedara un eco vago, que no puedo recordar como mío.

La mujer que soy estaba agazapada detrás de aquella que gritaba, desgarrándose los pulmones.

El amor estaba aquí, en mi pasado futuro, en mi "ahora".

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"El amor es la respuesta. Mientras llega esa respuesta, el sexo tiene para hacer preguntas muy interesantes"

Recuerdo bien esa frase, escrita a fibrón en la pared de la habitación de S (la última donde dormimos juntos, aquella donde se escuchaba trotar a las lauchas bajo el pìso de madera flotante). La recuerdo flotando delante de mis ojos, a través de mi mano abierta. Desde que despertaba con él, me recuerdo levantando una mano y mirándola a contraluz para cerciorarme de que existo.

Ahora, vuelta hacia la derecha y mirándolo dormir, extiendo la mano frente a mi cara, a poca distancia; el meñique apoyado en la almohada. En los espacios entre los dedos recompongo su cara. Está saliendo el sol y hace calor; en los oídos ya no tengo gritos. Apenas múisca.