Son días de archivaje. Cada vez menos gente en la oficina por tanta vacación atrasada, tanta renuncia. Vienen bien las horas extra aunque nunca sepa cuándo las voy a cobrar. Archivar me encanta; puedo meterme durante horas en estos cuartos oscuros, con olor a cine viejo de barrio y encuadernación suelta, yendo y viniendo a las planillas Excel y Access para ingresar un nuevo inventario.
Tengo poca música en la notebook, una Compaq del año del cuete que desterraron para que la usara yo. Entre los mp3 perdidos, at random, suena esta voz familiar muy metida detrás de la melodía.
Sade, dit moi
pourquoi le sang pour le plaisir?
Le plaisir sans l'amour.
N'y a t'il plus de sentiment dans le culte de l'homme?
Sade, es-tu diabolique ou divin?
La canción con la que empecé a masturbarme en prolijas sesiones de ausencia paterna y fraterna en el caserón de mi infancia. Escuchándola, recuerdo que a veces preparaba durante horas el momento para que, al quedarme sola, todo fuera perfecto. La música, mis manos, algún juguete extra para estimular la sensibilidad no clitoridiana. La oscuridad y yo. Como aquí, ahora.
Hay una silla desvencijada al fondo de todo, subo el volumen de la pc (a las siete de la tarde sólo podría escucharme la recepcionista, y está demasiado metida en sus chats y la música del Cirque du Soleil como para prestarme atención) y me siento, separando bien las piernas, bajándome el cierre del pantalón.
Me levanto la blusa, siempre me excito más cuando veo mis propias tetas e imagino (evoco) otras. Acaricio suavemente de abajo hacia arriba, hasta la aréola de insensibilidad engañosa. Lamo mis dedos, una mano se concentra en dar placer a mis pezones y la otra busca la tibieza húmeda de los labios vaginales. Mi vulva, de por sí apretada y carnosa, se vuelve rechoncha cuando estoy excitada; se resiste a ser penetrada. La sensibilidad extrema no hace que me apresure, sino más bien que demore el momento del estallido.
De cualquier manera, sé que no voy a durar hasta el final de la canción; nunca resisto tanto. Con los dedos anular e índice derechos abro los labios, preparando la entrada de mi dedo mayor. Gimo. Me escucho a mí misma respirando fuerte y gimo. Las aréolas se oscurecen, la mano izquierda empuja hacia arriba, la punta de mi lengua encuentra el pezón izquierdo. Lamo. Más fuerte. Muerdo la punta de mi pecho izquierdo, soltando los demonios.
Mi concha se empapa. Las imágenes del fin de semana pasado con Él, mezcladas con la música, me hacen perder la conciencia de dónde estoy; si en este momento entrara alguien al archivo, me encontraría despatarrada, la boca abierta en un grito silencioso y tres dedos autopenetrándome con violencia.
Tengo poca música en la notebook, una Compaq del año del cuete que desterraron para que la usara yo. Entre los mp3 perdidos, at random, suena esta voz familiar muy metida detrás de la melodía.
Sade, dit moi
pourquoi le sang pour le plaisir?
Le plaisir sans l'amour.
N'y a t'il plus de sentiment dans le culte de l'homme?
Sade, es-tu diabolique ou divin?
La canción con la que empecé a masturbarme en prolijas sesiones de ausencia paterna y fraterna en el caserón de mi infancia. Escuchándola, recuerdo que a veces preparaba durante horas el momento para que, al quedarme sola, todo fuera perfecto. La música, mis manos, algún juguete extra para estimular la sensibilidad no clitoridiana. La oscuridad y yo. Como aquí, ahora.
Hay una silla desvencijada al fondo de todo, subo el volumen de la pc (a las siete de la tarde sólo podría escucharme la recepcionista, y está demasiado metida en sus chats y la música del Cirque du Soleil como para prestarme atención) y me siento, separando bien las piernas, bajándome el cierre del pantalón.
Me levanto la blusa, siempre me excito más cuando veo mis propias tetas e imagino (evoco) otras. Acaricio suavemente de abajo hacia arriba, hasta la aréola de insensibilidad engañosa. Lamo mis dedos, una mano se concentra en dar placer a mis pezones y la otra busca la tibieza húmeda de los labios vaginales. Mi vulva, de por sí apretada y carnosa, se vuelve rechoncha cuando estoy excitada; se resiste a ser penetrada. La sensibilidad extrema no hace que me apresure, sino más bien que demore el momento del estallido.
De cualquier manera, sé que no voy a durar hasta el final de la canción; nunca resisto tanto. Con los dedos anular e índice derechos abro los labios, preparando la entrada de mi dedo mayor. Gimo. Me escucho a mí misma respirando fuerte y gimo. Las aréolas se oscurecen, la mano izquierda empuja hacia arriba, la punta de mi lengua encuentra el pezón izquierdo. Lamo. Más fuerte. Muerdo la punta de mi pecho izquierdo, soltando los demonios.
Mi concha se empapa. Las imágenes del fin de semana pasado con Él, mezcladas con la música, me hacen perder la conciencia de dónde estoy; si en este momento entrara alguien al archivo, me encontraría despatarrada, la boca abierta en un grito silencioso y tres dedos autopenetrándome con violencia.
Cuando salgo está oscuro. Él me espera. Algún día le contaré, evocando esta noche, de dónde me venía la calentura con la que pienso agarrarlo no bien llegue.


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