martes 20 de noviembre de 2007

Dos razones

Como dije antes, fui a un colegio religioso. Como en todos los reductos clericales, la masturbación era tabú; motivo de escándalo, como mínimo. Exactamente la misma postura que mi familia (la chica y la grande) sostuvieron siempre.

Yo, que salí medio al revés en todo, estoy convencida de que nadie que tenga dos dedos de frente y un poco de alma debería defenestrar a la masturbación. Principalmente porque para muchas personas puede ser la única forma de sexo que jamás conozcan. Y para otras, puede ser la única variable de narcisismo concebible.

jueves 15 de noviembre de 2007

Conociendo a Carol

Carolina (o Carol, como le dice su madre) es mi única amiga de la infancia. Como pocas, ha visto mis transiciones una a una y me ha acompañado en cada etapa, aún en los años que pasé geográficamente lejos de ella. Mis charlas con Carol han sido casi una perdición para las dos; si nos juntábamos a estudiar, ninguna estudiaba. Las tardes y las noches pasaban volando y los temas no tenían fin.

Nuestros conocidos, los grupos que solíamos frecuentar, no podían imaginar una dupla más despareja. Una era el sol, la otra la luna. Mientras Carol brillaba casi intuitivamente, haciendo que las cabezas giraran para verla de manera inevitable, yo pasaba desapercibida. Las dos destacábamos por lo expresivas, pero era a Carol a quien la gente escuchaba; tal vez por esa cualidad gestual innata, la forma en que cada uno de sus músculos faciales se mueve cuando modula las palabras y que hace que lo que ella dice (no importa qué) sea lo más interesante de este mundo. Nunca está quieta, y ya sea que hable o escuche clava sus ojos grandes y profundos en la cara de su interlocutor. Un par de ojos ineludibles. Cara de gitana, lenguaje corporal agresivo. Nada más distinto a mí... Carol. Y sin embargo, somos afines. Inseparables.

Con la adultescencia llegaron los temas inevitables. De tan unidas, debutamos casi al mismo tiempo y con los primeros novios "oficiales". Nuestras respectivas carreras nos separaron; hoy, Carol es asesora responsable en una importante consultoría. Nada más distinto de lo que hago yo: escribir, y ocasionalmente apagar algunos incendios para una firma independiente, chiquita; ese tipo de empresas que viven de las empresas en las que trabajan las Carol del mundo.

La distancia de las grandes ciudades, que a veces es bastante más compleja que la diferencia entre un barrio y otro o la forma en que se llega de mi casa a la suya (distancia medida muchas veces en términos de agenda) nos sabe tener a mal traer. Y sin embargo, siempre hay tiempo para cruzar un par de palabras o tener una de esas sustanciosas conversaciones que nos hacían perder la noción del tiempo en épocas de colegio.

Carol, ese espejo invertido de mí misma, cuyos subibajas emocionales están misteriosamente ligados a los míos, se está separando. Justo ahora, que yo encuentro el amor.

miércoles 7 de noviembre de 2007

Freud no tenía razón

Llego a mi casa, me desnudo por completo para esperarlo y mientras me pongo a tono con Lullaby, caigo en la cuenta de que:

- No tuve complejo de Edipo. Si tuve algo parecido, fue con mi madre, no con mi padre. Estoy absolutamente convencida de eso.
- Nunca hice terapia (pisé un par de sesiones que se supone habrían ayudado a alguien, pero fueron totalmente contraproducentes). A lo largo de los años, he advertido que el porcentaje de mis conocidos mental y emocionamente equilibrados es inversamente proporcional al de los que hacen terapia.
- Ninguno de mis amantes más leales (todos hombres) pisó jamás la consulta de un analista.