martes 30 de octubre de 2007

Bizarre


Era tan normal que me causaba gracia. Primera vez que me llamaba la atención alguien tan asombrosamente predecible. Un par de mensajes privados en un chat room donde era conocida por "simpática-pero-con-novio". Dos días después, harta de los palos públicos, le pasé el contacto del msn.

Decía muchas cosas. Que estaba saliendo con una mujer mayor que él, que ya había perdido la cuenta de las minas que se había curtido pero debían andar por las 250, que había debutado a los 13 años con la mucama, que mientras pensaba cómo zafar de la deliciosa compañía de la mujer perfecta con la que andaba la guampeaba con su mejor amiga, que el sexo era para él lo mejor en la vida.
Yo escuchaba (más bien leía) todo ese blabla con la picardía de mis veintipocos, tirándole la lengua y pensando que no íbamos a tardar mucho en conocernos; la única foto mía que tenía lo había "calentado", aún cuando no era de cuerpo entero. Y cuando olisqueó mi interés por las féminas, me chantó una foto de ella; de lomo para abajo, claro. Me reí: "Muy chiquita para mi gusto, pero si es morocha garpa". Quedó listo.

Las circunstancias en que finalmente nos vimos hicieron que a partir de ese momento me refiriese a él como Bizarre. B, para abreviar. Apareció en la reunión del chatroom con una actitud de perfil bajo, bien "de nuevo". A medida que corrían la cerveza y el vodka, buscó acercarse a mí hasta que quedamos aparte, entre las sombras.
Yo estaba eufórica y, por esa noche, soltera; A. sabía que iba a conocerlo, pero me divertía el doble que B. pensara que estaba de trampa. En cambio, le hablé de mi atávico gusto por los morochos como él: altos, con buena boca. Me besó de inmediato, agarrándome del cuello para que no pudiera escapar. Hacía rato que nadie me besaba con esa desesperación (A. no es muy amigo de los besos y S. había salido de la liga "con derecho a roce" para pasar a la de los buenos amigos).

La química fue explosiva y mutua. Dos minutos después me arrastró a un reservado. Pese a tener bastante trabajo con mi boca, mi cuello y sus propias manos (ávidas por meterse en cada recoveco que el exceso de ropa permitiese), aún tenía tiempo de preguntarme cosas. Yo sólo le respondía con risas, besándolo con los ojos abiertos.

Media hora después de que descubriera al tanteo la textura de mis pechos y qué tipo de bombacha traía puesto, empecé a sentirme mal; tanta lengua en la tráquea me recordaba que había tomado de más. Me levanté de un salto explicándole que tenía que vomitar. Insistió en llevarme al baño: atravesamos los cuarenta metros a trompicones, él todavía pegado a mí con una erección brutal que ni el patético espectáculo de mi borrachera consiguió bajar. Tratando de hacerme hablar, contándome sus propios secretos de niño rico con tristeza. Me frené en seco a algunos pasos del baño: "¿Qué querés que te diga? Que te cuente de mis edipos inexistentes, de cómo me hice bisexual, de la influencia de los hombres en mi vida? No te hagas el que te importa y ayudame".

De lo que siguió a eso retengo fragmentos. Él agarrándome el pelo y viéndome vomitar en silencio. Sus ojos fijos en mí, serios, cada vez que lo miraba. Un último beso. El brazo con que me rodeaba cuando llegué al taxi. Su número de celular anotado en una tira de papel. Mi llamado al día siguiente, cuando estaba con ella. Su disculpa posterior, en un re-llamado: "Hoy estoy libre. Toda la noche. ¿Nos vemos?".

jueves 25 de octubre de 2007

Tesoro pirata

Las bolsas de ropa de verano bajan con su olor a naftalina, suben las bolsas con ropa de invierno dejándome las palmas ásperas. Un resquicio de lavanda perfuma los rincones del armario mientras ajusto el lío de pullóveres y camperas de polar que casi no usé este año.

Algo me hace tope atrás, las bolsas no corren. Puteo bajito, pero enseguida me acuerdo que en la última mudanza tiré al fondo de la baulera mis "tesoros".

Me estiro con todo el cuerpo para alcanzar las cintas de la mochilita cuadrillé blanca y roja. El botón a presión está roto y algunos jabones se caen de la boca con elástico gastado, una cascada olorosa a talco y a años transcurridos. Algunos envueltos en papel encerado, y otros (más económicos) en nylon. Gorras de baño, cepillos de dientes, pastitas individuales, espumas de baño, champú en sachets y en frasquito. Una carta de servicio a la habitación, con un folletín de artículos eróticos suelto en el medio. El paquete de un helado de palito que ya no se consigue. Cajas de fósforos, de madera y de papel. Tres envases vacíos de forros. Un par de sandalias de goma con el logo ya borroso.

Algunos están agrupados por "sets". Cada objeto tiene una cara y un nombre asociado. Caras que se repiten en muchos casos y caras que jamás volví a ver. El primero es un jabón blanco que ya empieza a percudir su envase traslúcido y me recuerda las risas de A. jugando a programar la iluminación del "Park". Este peine grueso me ayudó a armar un rodete con mi pelo largo mientras S. comía un chocolate, aún desnudo en una cama de 15 pesos el turno. Los fósforos quise dárselos a B, pero estaba dejando de fumar en ese momento. La espuma de baño fue lo único que M. permitió que me llevara, angurriento por quedarse con lo demás.

Los paquetitos separados del resto con elásticos, son suyos. Pocos, por ahora; pero presiento que muy pronto no me alcanzará esta mochila para guardarlos.

Suspiro. Es irónico, casi profético, que N. no tenga un solo objeto que lo represente en el "tesoro". El valor que daba a las cosas, asociadas a los recuerdos, lo descartó conmigo rechazando las únicas cartas que le escribí. "Ya no puedo guardar nada" me dijo en su momento. Yo debí presentirlo mucho antes. A veces siento que la culpa no me abandonará nunca del todo; es el precio que pago por retener también los buenos recuerdos.

Diez años y cuatro mudanzas después, la mochilita de tela gastada, deforme, hinchada, sigue acumulando tesoros. Pese a la cama propia, pese a la intimidad conquistada.

Los telos siguen siendo el único lugar donde soy libre de gritar hasta quedarme afónica.

martes 23 de octubre de 2007

El primero

J. llegó primero, por donde menos lo esperaba. Luego de años de fantasías pueriles, donde mi primer noviecito (once años de edad) me daba un beso, luego de la extraña sensación líquida en la panza de los primeros lentos. Y sin tener nada que ver con eso. J. llegó por afinidad, una tarde de convivencia educativa con otros colegios, cuando yo estaba demasiado rodeada de chicas más hermosas como para conseguir que él me mirara.

Mi atención fue hacia él de manera automática. Era un "chico raro", a veces introvertido, que escribía poemas y cantaba muy mal. Yo "hacía como que escribía" y cantaba muy bien. Por esa misma afinidad nos volvimos un poco compinches, un poco desafiantes uno con el otro; no le permitía la más mínima cortesía, me burlaba cruelmente de sus atenciones caballerescas para conmigo. Molesto, invariablemente ponía proa a otras féminas más receptivas y sensibles. En los dos años de cortés indiferencia que siguieron, me di cuenta de que no sólo lo quería y lo admiraba. Me gustaba. Fue el primer amor que conjugó atracción y psique.

J. tenía una cualidad que me hacía buscarlo con insistencia: no olía como nadie que hubiera conocido antes. Algo en ese olor afectaba directamente mis hormonas. Todas mis amigas se habían dado cuenta de que él me gustaba, y empezaban a preguntarse por qué; para ellas era solamente un chico raro. Ni siquiera lindo. Aunque la cualidad soñadora de sus ojos y su labia fueran motivo suficiente para mí, también me gustaba el lenguaje expresivo y un poco torpe de su cuerpo.

Dos años y tres intereses amorosos (suyos, claro) después, una coordinadora vocacional nos juntó en un escenario para recrear ejercicios teatrales. Algo en su forma de mirarme cambió, o tal vez mi cuerpo y mi actitud cambiaron. Mi charla se había vuelto audaz, y mi timidez estaba siendo arrasada por la interacción social forzosa de cumpleaños de 15, matinées y jornadas juveniles. Ahora me rondaban chicos bastante mayores, no tan interesados por mi conversación como por las curvas que empezaban a insinuarse bajo la ropa que yo insistía en mantener austera y púdica.

Una tarde cualquiera, cuando sus intenciones de pedirme noviazgo eran un secreto a voces, fuimos al río y me recitó al oído un poema, mientras me abrazaba por la espalda. Desde el primer momento supe, con una puntada en el corazón, que él no era lo que yo esperaba. Sin embargo, el mandato de la libido era demasiado fuerte. Le ofrecí la boca; el primer beso de mi vida llegaba tarde, más húmedo y brusco de lo que esperaba, y provocándome una impaciencia funesta: "Esto no puede ser todo lo que hay. Quiero más".

A partir de ahí y sin perder su dignidad de chico caballeroso, J. y yo buscamos cada recoveco posible, lejos de la mirada vigilante de mis padres o de los suyos propios, para mandarnos mano, aprendernos, anhelarnos. La oportunidad, estirada morbosamente en las largas tardes de lluvia, llegó en un campamento veraniego. Fuimos a dar un paseo por el descampado, cuando todos dormían la siesta, y llegamos a una arboleda donde nos besamos largo rato, ignorando el calor, los gritos de los loros y las picaduras de los jejenes.

Me besó los pechos, apretándome contra un árbol; su contacto me producía choques eléctricos. ¡Todo era tan distinto en mi cabeza...!, y sin embargo, tan atávico. No me dejaba tocarle por debajo de la malla de baño, pero su mano instantáneamente buscó mi pelvis, apretándola y soltándola mientras su dedo medio bajaba, hurgando en la vulva húmeda, en los labios tiernos que sólo mis propios dedos habían acariciado (y de manera muy superficial) durante años.

Luego, el dolor. La sangre resbalando entre mis piernas. Y J. sin penetrarme todavía, apenas moviendo un único dedo en la calidez apretada, tanto que él mismo se asustó; era la primera vez para los dos. En sus ojos leía el miedo de que yo fuera tan estrecha que su verga me haría daño. En respuesta a la pregunta muda, le bajé el cintillo de la malla, agarrándolo por el tronco con toda la mano. Esperaba lo que tenía entre los dedos; no la textura, tal vez, pero sí la consistencia, la firmeza.

"No tenemos forros" fue lo primero que dijo en toda la tarde, con algo de pena. Nos separamos. La sangre había dejado de fluir; fui a lavarme las manchas rojas en un arroyo cercano. Volvimos en silencio al campamento, J. concentrado en sus pensamientos y yo en el ardor que se extendía de adentro hacia afuera de mi concha recién inaugurada.

Tardé mucho tiempo en caer en la cuenta de que, en rigor de la verdad, debuté con un dedo. Hoy me río del asunto, que ignoré durante años por obra y gracia de la neurosis.

Sigo considerando que algunas mujeres elegimos el momento de nuestro debut. Pese al año y medio que salimos con J. (sexo periódico mediante), ese verano fue apenas el preludio a un otoño lluvioso en una arboleda muy distinta a aquélla...

domingo 21 de octubre de 2007

En la piel

Cuando al azar miro mi muñeca recuerdo el queloide que se formó al raspármela con la alfombra del pequeño departamento de un sicópata olvidable, que trató de dejarme siquiera una huella y a quien hoy recuerdo apenas por la pena que sentí a minutos de haberle dado bolilla, como si fuera una adolescente alzada (que lo era) iniciática para algunos, deseable para unos pocos.

Nada justifica el error de haber creído que esa lástima que sentía por él era comparable a una suerte de cariño. ¿En quién pensaba cuando sopesaba su minúscula, despreciable verga? Todo fue lastimero e insignificante, excepto esa marca que tardó casi cinco años en borrarse del todo.

O las raspaduras de las rodillas, los hematomas enormes en brazos y espaldas por las benditas caídas en las escaleras y sommiers de los telos con A. , las quemaduras de las sogas y cables con que me hice atar más de una vez, las escaldaduras del hielo en la parte interna de los muslos, los lamparones rojos de las gotas de parafina en la espalda. O el rosario de mordiscos de S. desde el cuello hasta el pecho, delineando un escote imaginario, la primera interminable noche juntos.

Al final, las únicas huellas que valieron la pena (dolorosas, exquisitas) están marcadas en la finísima membrana de la memoria emotiva, en el latido imperceptible de mi clítoris al recordarlas.

miércoles 17 de octubre de 2007

No me puedo acostumbrar

Llegando a mis primeros 30, encuentro que todavía me cuesta...

- Asimilar los piropos y cualquier tipo de mirada desconocida sobre mí
- Aceptar que la evaluación ajena sobre mí sea más positiva que la mía propia
- Cuidarme en las comidas
- No quedarme dormida de inmediato después de un buen coito (dure diez minutos o tres horas)
- Usar tacos, maquillaje, cualquier cosa que signifique producción (excepto ocasiones especiales, antojo o necesidad)

Au contraire, no me cuesta nada...

- Quedarme colgada en el éter cuando suena buena música
-Esquivar la mirada de alguien que me aburre con su charla para perderme por sobre su hombro en busca de algo más interesante
- El ritual de todos los telos: pasar por el baño y romper las cintas higiénicas, carrerita hasta la cama y zambullida.
- Dar excepcionales primeras impresiones (buenas y malas)
- Dar un portazo y decir "si te visto no me acuerdo" cuando la experiencia fue mala
- Leer los pensamientos de los hombres. Y de algunas mujeres también.