Era tan normal que me causaba gracia. Primera vez que me llamaba la atención alguien tan asombrosamente predecible. Un par de mensajes privados en un chat room donde era conocida por "simpática-pero-con-novio". Dos días después, harta de los palos públicos, le pasé el contacto del msn.
Decía muchas cosas. Que estaba saliendo con una mujer mayor que él, que ya había perdido la cuenta de las minas que se había curtido pero debían andar por las 250, que había debutado a los 13 años con la mucama, que mientras pensaba cómo zafar de la deliciosa compañía de la mujer perfecta con la que andaba la guampeaba con su mejor amiga, que el sexo era para él lo mejor en la vida.
Yo escuchaba (más bien leía) todo ese blabla con la picardía de mis veintipocos, tirándole la lengua y pensando que no íbamos a tardar mucho en conocernos; la única foto mía que tenía lo había "calentado", aún cuando no era de cuerpo entero. Y cuando olisqueó mi interés por las féminas, me chantó una foto de ella; de lomo para abajo, claro. Me reí: "Muy chiquita para mi gusto, pero si es morocha garpa". Quedó listo.
Las circunstancias en que finalmente nos vimos hicieron que a partir de ese momento me refiriese a él como Bizarre. B, para abreviar. Apareció en la reunión del chatroom con una actitud de perfil bajo, bien "de nuevo". A medida que corrían la cerveza y el vodka, buscó acercarse a mí hasta que quedamos aparte, entre las sombras.
Yo estaba eufórica y, por esa noche, soltera; A. sabía que iba a conocerlo, pero me divertía el doble que B. pensara que estaba de trampa. En cambio, le hablé de mi atávico gusto por los morochos como él: altos, con buena boca. Me besó de inmediato, agarrándome del cuello para que no pudiera escapar. Hacía rato que nadie me besaba con esa desesperación (A. no es muy amigo de los besos y S. había salido de la liga "con derecho a roce" para pasar a la de los buenos amigos).
La química fue explosiva y mutua. Dos minutos después me arrastró a un reservado. Pese a tener bastante trabajo con mi boca, mi cuello y sus propias manos (ávidas por meterse en cada recoveco que el exceso de ropa permitiese), aún tenía tiempo de preguntarme cosas. Yo sólo le respondía con risas, besándolo con los ojos abiertos.
Media hora después de que descubriera al tanteo la textura de mis pechos y qué tipo de bombacha traía puesto, empecé a sentirme mal; tanta lengua en la tráquea me recordaba que había tomado de más. Me levanté de un salto explicándole que tenía que vomitar. Insistió en llevarme al baño: atravesamos los cuarenta metros a trompicones, él todavía pegado a mí con una erección brutal que ni el patético espectáculo de mi borrachera consiguió bajar. Tratando de hacerme hablar, contándome sus propios secretos de niño rico con tristeza. Me frené en seco a algunos pasos del baño: "¿Qué querés que te diga? Que te cuente de mis edipos inexistentes, de cómo me hice bisexual, de la influencia de los hombres en mi vida? No te hagas el que te importa y ayudame".
De lo que siguió a eso retengo fragmentos. Él agarrándome el pelo y viéndome vomitar en silencio. Sus ojos fijos en mí, serios, cada vez que lo miraba. Un último beso. El brazo con que me rodeaba cuando llegué al taxi. Su número de celular anotado en una tira de papel. Mi llamado al día siguiente, cuando estaba con ella. Su disculpa posterior, en un re-llamado: "Hoy estoy libre. Toda la noche. ¿Nos vemos?".

