lunes 21 de mayo de 2007

Y si...

Ella está desnuda, boca abajo, sobre la cama desordenada en la que ni se tomaron el tiempo de respirar. Apenas un mueble donde descansar sus humanidades ansiosas.

Tiene la cara apoyada en la almohada, de lado, y lo mira dormir. Ella misma acaba de despertarse, un sueño profundo que no recuerda haber tenido hace muchos, muchos años. Respira con los labios entreabiertos mientras sigue con la mirada su propio brazo, su antebrazo, la mano que se apoya sobre el pecho del amante dormido.

Cómo habrá sido entonces, se pregunta, cuando era mucho más joven, más joven de lo que yo soy ahora. Con más pelo, con menos cicatrices, con una incandescencia distinta en los ojos.
Cómo habrá sido con ella, la que lo lastimó tanto. Quizá, en esta misma cama o en otra similar, no importa. ¿Me habré perdido de algo? Cómo quisiera poder viajar un instante en el tiempo, irrumpir en su vida con la edad que tengo ahora, la experiencia que tengo ahora, y torcerle para siempre el destino: mostrarle allí lo que era una auténtica mujer, una hembra capaz de fornicar hasta morir, con un "te amo" bien sellado entre los labios, pero auténtico. Visible sólo para los ojos que saben ver
Pero sin dolor no sería el mismo, se dice, corrigiendo de inmediato el rumbo de sus pensamientos: sin dolor, no habría llegado a mí. Si otra lo hubiera lastimado, o si nadie lo hubiera lastimado, yo jamás habría podido estar acá, en esta cama, con él. Jamás lo habría conocido.

Lo piensa en dos segundos, lo que tarda él en despertarse. La mira con esos ojos que han visto tanto, con ojos de un hombre que ya no llora porque no tiene más lágrimas. La reconoce de inmediato, y la cara quieta se transfigura con una sonrisa de nene plácido. Los ojos también cambian, se limpian. Y entonces ella sabe que no quiere conocerlo como era, sino como es, y que lo quiere exactamente como es.

Un olor verde llena el cuarto, aún es de noche. Un auto solitario pasa.

miércoles 16 de mayo de 2007

Flashback


Mientras hablamos, el muchacho aquél me toca la mano. Con una naturalidad y un desparpajo que me asombran un poco, bajándome las defensas: todavía tengo encima una pajueranez bastante arisca que no acepta el contacto inmediato de un desconocido.

Es la primera noche que salimos de after, a instancias de una amiga común, y temo se note demasiado que no soy "del ambiente". Sin embargo, caigo bien de inmediato: ojalá me pasara más seguido, pienso divertida, y dejo que los dedos inquietos trepen de la mano al brazo. El muchacho aquél ignora (deliberadamente, tal vez) la mirada oscura de mi acompañante clavándose en la boca risueña, en los ojos con un aura de delineador.

De todos modos, N. entiende que por la obvia (o casi) condición homosexual de nuestro conocido reciente, no corremos peligro. En algún aparte, sabrá hacer un comentario irónico y delicioso sobre el incidente.

Seis años antes:

Un profesor regordete, de ojos parpadeantes, nos habla de religión. Su mirada se posa en mis rodillas, pudorosamente cubiertas por la pollera tableada reglamentaria. La mano sigue a la mirada, la clase se agita imperceptiblemente y cesan los cuchicheos. Me pongo pálida por un momento, pero pronto advierto que lo que atrae la atención del profe es apenas una pelusa de algodón blanco. Sin embargo, retirada la pelusa, la mano sigue allí. Quedo envarada un instante, hasta que puedo encontrar mi propia voz para pedir salir al baño.
Al verano siguiente, escucho por la radio que expulsaron al profe de la comisión del club de sus amores. Mis compañeras, las de peores lenguas, dicen que le quiso pagar a un muchacho conocido nuestro, el Turco, por "servicios" de índole personal. Mirá vos, digo, mientras hojeo un programa de estudios.

Una semana antes del after:

Hagrid dice:
Es que vos tenés un imán para los putos, nena. Sos una muñeca de puto. Un ícono.


A mí, como siempre, se me escapan todas las tortugas.