miércoles 18 de abril de 2007

Reincidencia


Se terminaron las vacaciones. Vuelvo a la facultad, volvemos a encontrarnos en las reuniones del grupo: ahora trae a su hermana, que empieza a estudiar Psicopedagogia. Todo está igual entre los dos, excepto esa sonrisa pícara con que me mira a veces al preguntarme por "tu novio". Y también al hecho de que ocasionalmente me deja tomarle del brazo cuando hablamos.

Durante un par de meses todo sigue igual. Su hermana me invita al cumpleaños en la pensión mixta donde viven. Está lleno de estudiantes alegres, prácticamente todos desconocidos. Tomamos un poco de cerveza, ayudo con las pizzas; A. pasará a buscarme temprano, le digo a Meli, que se lamenta de que tenga que irme antes, justo cuando todos van a salir a bailar.

S. escucha en silencio, lo siento a mis espaldas cuando voy a lavar unos vasos.

"Por qué no vas a salir con nosotros? Tan casada estás?"

Me río. Lo próximo que recuerdo es su boca en la mía en la penumbra del living de la pensión: él sentado en un sillón conmigo encima, acaballada sobre sus rodillas con loas piernas abiertas, sintiendo su erección contra la humedad de mi propio sexo a través de los pantalones. Nos besamos durante horas, sin parar a respirar, sin decirnos nada; me acaricia los pechos por debajo del buzo, de la remera, y jadea en mis oídos y mi cuello:

"Esto puede terminar de una sola manera. Yo quiero llegar hasta el final".

"No podemos. Me vienen a buscar. Ya sabés".

"No te vayas". me dice metiendo una mano por debajo de mi bombacha. "No te vayas" repite con los ojos afiebrados, mordiéndome el cuello.

"No puedo quedarme..."

Suena el timbre. Reconozco el motor del auto que me espera. Me bajo con reticencia de sus rodillas, ese desprendimiento me causa un dolor inesperado. Me mira con una sonrisa que no alcanza a disimular su enojo.

"Claro. Yo caliento la pava y otro se toma el mate".

Lo beso en los labios por última vez.

"Despedime de Meli. Nos vemos en la semana".

Hace un gesto despreciativo al saludarme en la puerta. A. lo saluda desde el auto. Me siento junto a él, lo beso en los labios. Arranca con una sonrisa.

"Tengo que decirte algo" empiezo, mirando al frente. El escucha sin mirarme, todo el tiempo que tardamos en llegar a su casa: me escucha contarle de S., cae en la cuenta de que acabo de besarlo con la boca húmeda de los besos de otro, que llevo el cuerpo tibio de caricias de otro. Acelera. Y esa noche, cogemos como si se fuera a acabar el mundo.

miércoles 11 de abril de 2007

Ellas y yo

Como suele suceder, otro lo notó antes que yo.

Tenía quince años, una pataslargas un poco torpe con el pelo muy largo sobre los ojos y cero noción sobre la mirada de los otros sobre mí. Ni siquiera soñaba con el poder que tuve años después.

Mecha tenía diecisiete, y el privilegio no sólo de ser una de las más bonitas del colegio, sino la impunidad de ser la única a la que nadie le pataleaba por llevar la pollera por encima de las rodillas. Ella jugaba al voley en mi equipo, y aunque era más menuda y bastante flacucha, lo hacía bien. Los chicos de varios colegios se perdían mirando su delantera de hembra precoz, su cola perfectamente formada. Mecha podía tener diecisiete años, pero su expresión delataba la experiencia de alguien mayor. Era frívola, coqueta y tenía esa audacia de las personas que se saben deseadas.

Un día, en la rotación, me quedé mirándole las piernas tanto rato que la pelota me dio en la cabeza sin que pudiera reaccionar. Otro día, Carolina (mi mejor amiga) me encontró perdida en sus rasgos de adulta. Hizo una broma un poco alarmada: "Si la seguís mirando van a pensar que sos lesbiana".

Después fue Juliana, en quinto año. Morocha de ojos negros, con suave pelo ondulado. Llegué a escribir sobre ella en un esbozo de novela que jamás publiqué, ni mostré a nadie para que corrigieran. Allí se llamaba Bibiana, y yo era Zara. La desfloraba en el baño de un correccional de menores. Por ahí ha de andar ese manuscrito.

Y en la facultad, cuando ya habían pasado por mi cuerpo tres hombres diferentes, llegó Antonella. Ella es, al día de hoy, la mujer más hermosa que haya visto. Alta, fibrosa, pero con buenas curvas. Seria y de mirada fija. Ojos color verde, rasgados como los de los gatos. Pelo castaño oscuro, lacio. Llevaba un suéter verde. Yo estaba estudiando con su hermana cuando entró, oliendo a futura promesa de hembra (el mismo olor de Mecha, flamantes dieciocho años).

F., a la sazón compañero de estudios, miraba en mi misma dirección y de repente estaba mirándome a mí. Con esa intuición del pirata canchero, que viene jorobando desde muy pibe, me olió a kilómetros. Al otro día, en la isla de edición me encaró con la misma pregunta que Carolina no se había animado a hacer en el campo de deportes: "¿A vos te gustan las chicas?". Me reí, lo canchereé un rato. "¿Las chicas? Apenas tengo amigas mujeres" y boludeces así.

La realidad es que después de conocer a Antonella volví a masturbarme pensando en mujeres, y cada vez más en mujeres cuanto más hombres pasaban por mi vida.

Todavía faltaban algunos años para que llegara Ana. Y esa es otra historia.