sábado 24 de marzo de 2007

Epifanía en piano


Y pasó cuando menos lo esperaba. Luego, no importó el momento exacto.

La noche antes, un vaso roto entre los dos, una salida a buscar cervezas y gaseosas que se habían terminado, una charla circunstancial, la mirada de él recorriendo distraídamente los tobillos de ella, sus pantorrillas, pensando que no se notaba. Mientras, las revelaciones que brotaban naturalmente. "No deberías estar solo", dijo ella, extrañada, "sos demasiado bueno, demasiado..."
No podía completar la frase, y él se puso colorado y no habló más.

Ahora, el portero en casa de su novio, la voz de A. y ella saliendo rauda detrás de un "yo voy!" mientras el resto de los chicos estudiaba. El ascensor que tardó en bajar y su corazón latiendo disparado al abrir la puerta.
Antes de que él pudiera esbozar un "hola", ella lo asfixió en un abrazo que lo dejó paralizado. Un segundo después, con calma, correspondió a la fuerza de esos brazos; ella pudo sentirlo sonreír con dulzura contra su pelo, atado a la altura de las orejas. Y también escuchó dentro de su cabeza las primeras notas de un piano, en el inicio de la canción que un año antes le estremecía la piel en una sala de cine. Mucho, mucho antes de conocerlo. De saber siquiera que existía.


Yo quiero la suerte de un amor tranquilo
Con sabor a fruta mordida
Dejarnos llevar por la corriente
Matando la sed con la saliva

Ser tu pan, ser tu comida
Y todo el amor que exista en esta vida
Pongo mi vida como garantía

Y ser artista en nuestro universo
El cielo y el infierno cada día
No podemos vivir en poesía ni
Transformar el tedio en melodía

Ser tu pan, ser tu comida
Todo el amor que exista en esta vida
Y algún remedio que me de alegría

Y algún remedio que me de alegría



lunes 12 de marzo de 2007

Malos pensamientos


"Rezá, que Dios te guarde de los malos pensamientos" dijo mamá, la noche en que descubrió mi mano moviéndose bajo las sábanas, a centímetros de las cabecitas durmientes de mis hermanos menores.

Yo tenía siete u ocho años. Lo descubrí a los seis, cuando por casualidad espié una escena de contenido sexual bastante flojito (no más que la lengua de una mujer recorriendo los labios, el cuello y el lóbulo de la oreja de un hombre, voces roncas, respiraciones levemente agitadas).

Algo me cosquilleó bajo el ombligo. Estaba enferma, con anginas. Estaba sola. Me toqué la pelvis primero, oprimiendo el lugar donde sentía esa extraña electricidad. Pero la sensación no se iba. Mis ojos seguían la escena, y mis dedos buscaban instintivamente la fuente de ese misterio. Nunca había sentido algo igual. Detestaba las cosquillas, y esto no podían ser cosquillas... era raro: no desagradable, no exactamente agradable.

Mi dedo mayor, el de la mano derecha, llegó a la uretra. Di un saltito instintivo, el corazón latiendo todo lo rápido que puede latir cuando una es chica y tiene fiebre. Ahí... Casi ahí. Mis inexistentes caderas tensas, los empeines estirados hasta hacerme temblar las piernas.

La mujer susurrando al oído del hombre cosas que no lograba entender, el hombre jadeando con los ojos cerrados. De pronto, los sonidos, las imágenes y mi dedo que presionaba y frotaba, arriba y abajo, eran una sola cosa: perdí la noción de la realidad, se me borró un poco la visión. Finalmente, un latido, una pulsación única emitida por debajo de ese dedo... y se había ido.

Quedaban mis propios labios apretados, enrojecidos, mi corazón latiendo desordenadamente y una sensación desorientada. Ya no tenía ganas de tocarme de nuevo: la electricidad se había fugado en aquel pulso único irradiado desde mi pubis inexistente hasta la punta de mis pies, la raíz de mi pelo. Me di vuelta y me dormí.

Ya era una lectora precoz, curiosa irredenta. La asociación estaba establecida: mujer erotizando hombre, hombre seduciendo a mujer, caricias, voces susurrantes. Me convertí en una buscadora obsesiva de cualquier texto, imagen, música o película que evocara aquella sensación primigenia. Luego, la recreaba una y otra vez en mi imaginación a la hora de acostarme. Y cuando estaba sola en casa, me escondía en el baño para inventar nuevas maneras de estimularme.

Pese a las recomendaciones de mi madre, nunca pude evitar esos "malos pensamientos". Fueron mi primer terreno de juegos. Ya mayor, aprendí a contorsionarme en la bañera, bajo la ducha, para poder lamer mis propios pechos. En días particularmente febriles, podía llegar a inventar maniobras subrepticias en el pupitre del colegio, en una reunión familiar, en un cumpleaños donde "por error" alquilaron una de terror con escenas de sexo estudiantil. Me masturbaba leyendo historias de la Biblia, escuchando Enigma MCMXC, espiando películas de la Coca Sarli, publicidades de lencería, películas de clase B con escenas de violación. Estas últimas me ponían especialmente inquieta, y acababa con mucha más rapidez; de inmediato me asaltaba un sentimiento de culpa que se desvanecía al poco rato, cuando volvía a mis libros, mis muñecas y mis juegos. Pretendiendo que era una chica "normal". O al menos, lo suficiente para que los demás lo creyeran.

Nunca nadie me descubrió, más que mi madre. Mis pensamientos han derivado de "malos" a simplemente "muy perversos". Y la culpa, antes escasa, se volvió inexistente.

Siempre vuelvo a ese terreno de juegos, aún cuando esté sobrada de sexo. Pocos hombres han logrado equiparar esa sensación que sólo alcanzo por mí misma.

jueves 1 de marzo de 2007

S, amigo

Hasta esa noche, habíamos sido amigos. Los más compinches. Burlones, bailarines, viajadores. Nos contábamos todo: Cuando teníamos que quedarmos a dormir en casa ajena, incluso lo hacíamos espalda contra espalda en la misma cama.

S. no era especialmente afecto al contacto físico.

Se reía todo el tiempo, hablaba mucho, pero se comunicaba más que nada a través de la música. Tenía una expresión perpetua de ensoñación en la cara, era hermoso e inalcanzable. A mí me gustaba muchísimo el tono de su voz y la manera en que se movían sus labios al hablar.

Al igual que S., yo sólo había tenido una relación estable en mi vida, y había terminado mal.

Un par de días antes volvíamos en tren desde Buenos Aires, y él tenía sueño. Le ofrecí, como otras veces, que apoyara la cabeza en mi falda. Lo hizo. Empecé a acariciarle el pelo, que tenía un poco largo en las sienes, mientras pensaba de golpe que me gustaba más que como amigo.

Debió leerme el pensamiento, porque hizo algo que nunca antes: me agarró la otra mano, la que no lo acariciaba, y empezó a pasar la yema de sus dedos por mi muñeca. Era un contacto abstraído y pensativo, pero me produjo unas vibraciones cerca del ombligo que no había sentido nunca. Algo cambió en mi caricia cuando llegó el choque eléctrico; S. giró la cabeza y me miró con ojos pícaros, sonriendo.

Noches después, terminada la cena de fin de año del grupo, quedamos espalda contra espalda en la cama. Hacía calor, pero insistió en que nos tapáramos con una sábana. Tuve una noche llena de sobresaltos por el calor, y me desperté muy temprano vuelta hacia él.

El se volvió hacia mí, quedamos cara a cara. Empezó a acariciarme con mucha suavidad, dibujándome el contorno de la cara sin aproximarse. Pronto mis propios dedos le recorrían el mentón, los pómulos, el contorno del pelo. Era tan natural que ni siquiera hablábamos. Apenas la respiración cada vez más agitada, pese a que no había otro contacto que el de los dedos en la piel del rostro y las manos.

La que empezó a besarlo fui yo. Picotazos leves en la nariz, el cuello y los párpados. Me detuvo de golpe, agarrándome de la nuca.

"Si no parás ahora mismo" me dijo con esa voz dulce que nunca había escuchado antes, en realidad "te voy a morder la boca".

Y yo, que no quería otra cosa, no paré.