lunes 26 de febrero de 2007

Lunes

Hoy es uno de esos días donde me pinté la cara y me hice un alisado express en el pelo para sentirme un poco más segura del exterior, así variamos. No me hace falta, pero generalmente le dan tanta importancia a estos detalles. No importa dónde labures. Un lunes es un lunes.
Salgo sin mirarme al espejo. ¿Qué mejor crítico que la mirada de los otros? Sé que me puse un pantalón negro sin pinzas, tiro bajo; mocasines de taco regular y una camisa con los dos primeros botones desabrochados. Me gusta cómo me vestí, aunque no me guste haberme maquillado. Pero la reacción es automática.

El saludo del portero es distinto. El verdulero se queda un poco perplejo cuando le digo chau. Unos pendejos que paran en la esquina y que día a día me ven pasar sin mirarme se deshacen en obscenidades. Los señores de traje me miran fijo cuando pasan cerca, con ese descaro impositivo: "mirame". Las pelotas. Los intuyo. Sé que si devuelvo una mirada, por sesgada que sea, será interpretada como una invitación. "Ella me provocó, oficial". Claro... Victimaria por portación de feromonas.

¿Tanto se nota que me gusto hoy?

Saludo a mis compañeras de trabajo al entrar. Obviamente son las únicas que me hacen la observación: "Ay, te pintasteeeeee! Por qué no te pintás más seguido? Quedás taaaaan lindaaaaaa".

Si supieras, pienso mientras sonrío, que pintada... despintada... con esta ropa sobria o en pijama, si no me gusto no sirve. Nadie me da bola. Soy invisible. Sé bien cuál es mi poder y cómo usarlo.

Mientras abro la correspondencia, entra uno de los muchachos de marketing. Se lleva puesta la impresora al saludarme. Esta va a ser una buena semana.

viernes 23 de febrero de 2007

Lástima

No sé en qué estaba pensando, pero acá estoy. Subiendo el ascensor, rumbo a lo conocido-desconocido.

Ahí está él, su piel de almizcle y verano, sus ojos más hundidos, el pelo largo. Flaco. Volvió a fumar. Me besa al entrar, lo de siempre. Pretende interesarse en mi vida, le contesto con evasivas y cuando insiste, con mis autodefensas ensayadas. El sabe que "eso" no soy yo, pero igual le gusta. Lo dejo hacer un rato, hasta que su voluntad se doblega a la mía y cede el terreno de juegos por un momento.

Sólo quería escapar de la rutina un rato. Antes, él significaba para mí un objeto de estudio: dos años después, ni eso. Pero de a poco, cuando baja la guardia y empieza a mostrarse tal cual es, vuelve a ser un poco "ese" que conocí.

Lo escucho un rato largo. Podemos estar así horas, y sin embargo tiene que romper el encanto tocándome. Necesita demostrar que "tiene ganas". Que quiere estar conmigo. Pobre. No entiende que sólo invitándome y dándome la excusa de escapar a la rutina, ya está conmigo. Pero lo dejo hacer. Lo dejo, por los viejos tiempos.

Sigue siendo, al menos conmigo, una máquina de coger sin alma. Dice que le gusto, pero todo su lenguaje corporal dice otra cosa. Lo atraigo animalmente, y a veces intelectualmente. Pero en el fondo me rechaza. Con él no puedo ser "yo". Se asustaría. Se asustaría más que con mis tétricos e impostados cuentos de locura y autoflagelación.

Me necesita como prueba de poder, o quién sabe... tal vez, como yo lo necesité alguna vez, como una suerte de reflejo invertido. Ahora él tiene el laburo que quise yo alguna vez, pero está emocionalmente descentrado. Yo no tengo laburo, pero estoy emocionalmente estable. Siempre que la vida nos juntó, nos balanceamos de manera similar. El está tranquilo, aún desasosegado. Entonces me habla de balance. Yo estoy inquiera, le hablo de lo divertidos que pueden ser sus fantasmas si deja de ahogarlos.

Le hablo de temas que siempre esquivamos, me habla con franqueza, no me oculta nada. Será que ahora confía en mí, o que sus antes preciados secretos no tenían, en el fondo, tanta importancia.

Cuando pasa el efecto de las palabras vuelve a desearme. Lo intuyo y voy guiándolo hacia su propio deseo. A mí no me cuesta nada, y a él le va a hacer bien... al menos por un rato. Se baja los pantalones, le chupo la verga muy despacio. El mundo se detiene: él ya no es más que esa verga paa mí. Me concentro en darle todo el placer que puedo, hasta que yo misma reclamo más. Me ha paseado por el living: ahora me lleva a la cocina. No vaya a ser que contamine su preciosa cama con el olor de mi piel pecosa y mi pelo húmedo de bruma.

Se pone el forro, me sienta en la mesada, me abre de piernas y me la mete hasta el fondo. Bombea mecánicamente. Sus ojos son densos como la noche, sin embargo en sus labios entreabiertos late un gemido que es el mío. Se contiene porque yo me contengo.

Mete sus dedos en mi boca, me penetra desde adelante, por atrás. Me pregunta por mi colita. En respuesta, le apreto más la verga entre los muslos.

"Es tu colita..."
"Es tu casa..."

Me lleva hacia un lindo orgasmo, lo arrastro conmigo, palpitante. Es un orgasmo de lástima, para otros (no nosotros) seguramente sería espectacular. Pero a él y a mí nos sirve apenas para sacarnos las ganas.

Yo lo uso de excusa para fugarme.
El me usa porque se siente solo, o para olvidarme, o como una droga más.
Quién sabe qué somos.

Ni fuimos, ni seremos.

martes 20 de febrero de 2007

Domingo

Domingo por la mañana. Llegó caminando acompañada hasta la esquina, el sol alto. Un beso, una promesa: "Te llamo antes de irme". Los ojos de él mirándola con devoción. Los de ella, sonrientes pero helados. Desde que pusieron un pie fuera de "El Angel", todo había terminado. Adentro, incluso parecía viable dejar todo lo demás: el estudio, el trabajo, cinco años en pareja. Todo, por ese chico alto que besaba como los dioses y sabía exactamente cómo tocarla sin invadirla.

Entró por la puerta del living, sus padres apuraban el mate de las mañanas. La vieron entera, ni intuyeron la resaca. Apenas una observación:

"Qué tarde, nena"
"Mejor. Así pude venir caminando, con luz de día".

Desliza como al pasar el nombre de un conocido de la familia que estaba en el boliche. Los dos respiran imperceptiblemente más aliviados. Charlan algunos minutos y cuando mamá sube a la terraza a descolgar la ropa, ella se despatarra en el sillón del living y se queda dormida mirando una película por cable.

El olor del asado la despierta. Ya no hay resaca y el hambre acucia. Atrás quedaron la noche, las manos de Santiago, el recuerdo de sus besos.

Ya es tarde. El micro sale en una hora. Ella cierra el bolso, agarra la guía de teléfonos, ubica el apellido y la dirección. Lo llama. Atiende una mujer mayor (seguramente su madre), le pasa con él.
"Llamaba para despedirme. Gracias por todo".
El le retribuye el agradecimiento. La pasaron bien, ¿verdad? Su voz tiene destellos de esperanza.

Ella cuelga el teléfono, agarra el bolso, toma el colectivo, vuelve a sus cosas, a no pensar en Santiago nunca más, a no evocar sus besos sino hasta dentro de muchos, muchos años, sentada frente al diario de hoy, mate en mano, en esa ciudad a la que siempre vuelve y en la que todos se conocen.

Nunca más se vieron. Y ella no volvió a pisar "El Angel".

Ufa

Estoy molesta. Me clavé una astilla debajo de la uña del dedo que uso para masturbarme. No es que no tenga otros dedos, pero ese es "el" dedo. Está hinchado, lleno de pus y me molesta MUCHO.

Intenté con la otra mano, pero no se siente igual. Si sigo así un día más, me pincho el dedo. O voy a la guardia del Clínicas, qué jorobar.