Él manejaba. Su perfil de huesos sólidos, aunque finos, se transformaba cuando tomaba el volante; toda esa pretendida inseguridad que el resto del mundo le producía, desaparecía de inmediato.
Tres semanas atrás, yo había despertado a J. de puntillas, acercándome a mirarlo en su cama como todas las mañanas de miércoles. Lloré casi antes de hablar. Por más que los desacuerdos y las desarmonías ya fueran patentes e inaguantables, cómo cortás con alguien que te resultó, dos años atrás, imprescindible? Cómo le das a entender que el "no va más" estaba escrito semanas atrás de que apareciera "el otro"? En ese momento, y frente a sus lágrimas de perplejidad, preferí hacerle entender que no era él / era yo, restándole importancia al hecho de que otro hombre me había volado la cabeza prácticamente a primera vista. Y eso era un indicio más que claro.
Más tarde, por supuesto, vendrían las reclamaciones: el "démonos un tiempo", el "ya no te provoco nada? ni siquiera me deseás?", el "me estás matando", las flores dejadas subrepticiamente en la puerta de mi habitación (con la complicidad de las chicas mayores, que jamás entendieron por qué abandonaba a semejante caballero); los reclamos, la bronca.
Y con A., todo era como por primera vez. Él se convirtió automáticamente en mi mundo paralelo.
Con él tuve las etapas que no habían existido con J., sólo que a una velocidad más constante y acelerada.
Caminábamos en silencio, sin tomarnos la mano, todas las tardes entre semana a la plaza que quedaba a escasas cinco cuadras de mi pensión. Recién ahí, cuando nos sentábamos bajo los tilos, conversábamos sobre un tibio e hipotético futuro, mirándonos a los ojos y asombrándonos de que pudiera existir en el mundo una persona como la que teníamos enfrente.
Distintos como éramos, terminaban siendo siempre más alevosas las coincidencias. Los dos, tímidos de primera mano; hijos mayores, incomprendidos y un poco "raros" en la estructura familiar; los dos con una extraña lucidez que siempre nos ubicó en el pedestal ajeno de los niños con capacidades especiales. Los dos, ávidos de un reconocimiento por el que no queríamos pagar derechos: aceptame como soy.
Sin un "te amo" previo, un sábado lluvioso, me llevó al Parque Pereyra Iraola en la vieja Ford gris que ya había montado un par de guardias frente a mi puerta, cuando volvía de viaje por las madrugadas. Charlamos más animadamente que nunca, intercambiando anécdotas. Alguna vez, me dejó tomar el volante y se rió de mi cara de perplejidad cuando comprobé el juego de la dirección. Pensé: es mucho más posible que me muera de vieja que en un accidente por culpa de este tipo. Y eso que no habíamos conocido la adrenalina de los paseos juntos en bicicleta, moto, cuatriciclo, en los que A. sacaba una faceta absolutamente salvaje, calculadamente imprudente.
Llegamos a una galería de sauces, que se abría en perspectiva al paisaje menguante de lluvia. Empezaba a atardecer, la luz cambiaba a través de los nubarrones y los árboles. Nos quedamos en silencio un rato largo, tomados de la mano y mirando al frente, como si el parabrisas estarcido de lluvia fuera una ventana a la que nos asomábamos emocionados. Todavía tomados de la mano, nos volvimos cara a cara para besarnos. Nos habíamos besado mucho ya. Mucho, hasta reventar de ganas de meternos mano en cualquier lado; pero A. , que todavía no había estado con ninguna mujer a sus dieciocho, se mostraba sumamente respetuoso de mis ritmos.
Entonces, como quien se deja llevar por la música por primera vez en un baile desconocido, giré mi cuerpo por completo en el asiento, apoyé la espalda en el tablero y puse mis manos en sus hombros, sin separar mis labios de los suyos. Su lengua me exploraba a conciencia, más relajada; sus manos fueron buscando mi cintura y con un solo movimiento me atrajo hacia él, abrazada con una fuerza que nadie había opuesto contra mí antes. Terminé acaballada sobre él, sintiendo la inequívoca erección de una verga mucho más importante que lo que se dejaba ver a través de los pantalones holgados. Nos mirábamos en mudo silencio en los microsegundos en que dejaba de besarme. Él me acariciaba el pelo con la boca entreabierta y las pupilas dilatadas, a veces olvidándose de respirar.
"Sos hermosa" murmuró, por primera vez, con reverencia. Casi me río en su cara. Yo estaba de jeans y zapatillas sucias, y bajo el sweater rojo inmenso, heredado de mi padre, llevaba una remera blanca de algodón que no por limpia dejaba de revelar los años de uso. Pero miré una vez más sus ojos, que tenían la incandescencia del fuego (ese fuego que no volví a encontrar hasta muchos años después) y la convicción de los iluminados. Supe que siempre, por baqueteados que estuviéramos, nos veríamos con ese cristal de belleza que sólo da la juventud. Y así, incómodos, sin separarnos demasiado, comenzamos a desvestirnos mutuamente.
Estábamos en medio de un camino vecinal de tierra, metido en el bosque, al final de una tarde de lluvia. Pero no estábamos ahí. Nos quedamos absolutamente desnudos en la cabina de la camioneta, sin hacer esfuerzos por disimular que habíamos ido al bosque a coger bajo la lluvia, a la vista de los teros y las cigüeñas, a la vista de cualquier fortuito paseante que pudiera haber tenido la misma idea. Hoy agradezco que tuviéramos tanta suerte; la magia de ese instante era tan precaria, que hasta el viento enmudeció para ayudarnos a crear esa ilusión de intimidad.
Hacía frío, pero ardíamos. Gruesas gotas de sudor nos corrían por la cara, las axilas, los muslos. A las puertas de mi vulva, su verga se enardeció. Cuando me aparté para que pudiera sacarse el boxer, noté el lamparón de humedad que dejó mi flujo. Él pasó dos dedos, índice y mayor, a lo largo de mi vagina empapada; se aventuró dentro de ella con un instinto más fuerte que el de J. y sin pizca de vacilación. Sólo los vaivenes de su respiración le delataban los nervios, y yo ya estaba demasiado caliente para razonar sobre su ánimo. Recuerdo haber pensado si no me habría mentido, si realmente yo era la primera mujer, justo antes de erguirme sobre las rodillas (el volante clavado bajo los omóplatos, la posición más cómoda que recuerde en un vehículo) y comenzar a meterme su pija de a poco.
Él parpadeó dos veces, la respiración suspendida, cuando apenas jugueteaba con su glande entre las piernas. Me tomó de las caderas y me la metió entera, de golpe. Vi estrellas. Me mareé, pero era glorioso. Por primera vez, me dirigían. No era yo la de la iniciativa, no era yo la que le echaba las tetas en la cara para que sorbiera de ellas; se apoderó de mí como quien arranca frutas de un árbol, usándome en todas las maneras en que podía ser usada sin yo saberlo.
Pasaron, al menos, dos horas y tres polvos en completo silencio. Los vidrios quedaron totalmente empañados; nuestra respiración condensada goteaba sobre el tapizado. Mi pelo suelto, largo, había quedado tan enredado que A. se ofreció tímidamente a cepillarlo una vez estuvimos vestidos. Al regresar, yo estaba pegada a él en lugar de a la ventana; mi pierna izquierda rozando su pierna derecha, sus dedos acariciando un moretón en mi cuello y mi pelo otra vez atado.
Hasta ese día, habia vivido engañada. El sexo era otra cosa. El sexo era eso que hacíamos A. y yo, eso que descubrimos juntos.
Caímos juntos en una trampa que, en honor a aquella tarde, insistimos en mantener hasta el final; cuando ya no había más que fuego y cenizas sobre el fuego, cuando ya se había desvanecido toda posibilidad de futuro. Cuando él entendió, cuando finalmente aprendió...
Pero eso, una vez más, es otra historia.


1 comentarios:
Como de costumbre, señora, no tengo más que elogios para su escritura.
Saludos de su lectora agradecida.
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