Las bolsas de ropa de verano bajan con su olor a naftalina, suben las bolsas con ropa de invierno dejándome las palmas ásperas. Un resquicio de lavanda perfuma los rincones del armario mientras ajusto el lío de pullóveres y camperas de polar que casi no usé este año.
Algo me hace tope atrás, las bolsas no corren. Puteo bajito, pero enseguida me acuerdo que en la última mudanza tiré al fondo de la baulera mis "tesoros".
Me estiro con todo el cuerpo para alcanzar las cintas de la mochilita cuadrillé blanca y roja. El botón a presión está roto y algunos jabones se caen de la boca con elástico gastado, una cascada olorosa a talco y a años transcurridos. Algunos envueltos en papel encerado, y otros (más económicos) en nylon. Gorras de baño, cepillos de dientes, pastitas individuales, espumas de baño, champú en sachets y en frasquito. Una carta de servicio a la habitación, con un folletín de artículos eróticos suelto en el medio. El paquete de un helado de palito que ya no se consigue. Cajas de fósforos, de madera y de papel. Tres envases vacíos de forros. Un par de sandalias de goma con el logo ya borroso.
Algunos están agrupados por "sets". Cada objeto tiene una cara y un nombre asociado. Caras que se repiten en muchos casos y caras que jamás volví a ver. El primero es un jabón blanco que ya empieza a percudir su envase traslúcido y me recuerda las risas de A. jugando a programar la iluminación del "Park". Este peine grueso me ayudó a armar un rodete con mi pelo largo mientras S. comía un chocolate, aún desnudo en una cama de 15 pesos el turno. Los fósforos quise dárselos a B, pero estaba dejando de fumar en ese momento. La espuma de baño fue lo único que M. permitió que me llevara, angurriento por quedarse con lo demás.
Los paquetitos separados del resto con elásticos, son suyos. Pocos, por ahora; pero presiento que muy pronto no me alcanzará esta mochila para guardarlos.
Suspiro. Es irónico, casi profético, que N. no tenga un solo objeto que lo represente en el "tesoro". El valor que daba a las cosas, asociadas a los recuerdos, lo descartó conmigo rechazando las únicas cartas que le escribí. "Ya no puedo guardar nada" me dijo en su momento. Yo debí presentirlo mucho antes. A veces siento que la culpa no me abandonará nunca del todo; es el precio que pago por retener también los buenos recuerdos.
Diez años y cuatro mudanzas después, la mochilita de tela gastada, deforme, hinchada, sigue acumulando tesoros. Pese a la cama propia, pese a la intimidad conquistada.
Los telos siguen siendo el único lugar donde soy libre de gritar hasta quedarme afónica.
Algo me hace tope atrás, las bolsas no corren. Puteo bajito, pero enseguida me acuerdo que en la última mudanza tiré al fondo de la baulera mis "tesoros".
Me estiro con todo el cuerpo para alcanzar las cintas de la mochilita cuadrillé blanca y roja. El botón a presión está roto y algunos jabones se caen de la boca con elástico gastado, una cascada olorosa a talco y a años transcurridos. Algunos envueltos en papel encerado, y otros (más económicos) en nylon. Gorras de baño, cepillos de dientes, pastitas individuales, espumas de baño, champú en sachets y en frasquito. Una carta de servicio a la habitación, con un folletín de artículos eróticos suelto en el medio. El paquete de un helado de palito que ya no se consigue. Cajas de fósforos, de madera y de papel. Tres envases vacíos de forros. Un par de sandalias de goma con el logo ya borroso.
Algunos están agrupados por "sets". Cada objeto tiene una cara y un nombre asociado. Caras que se repiten en muchos casos y caras que jamás volví a ver. El primero es un jabón blanco que ya empieza a percudir su envase traslúcido y me recuerda las risas de A. jugando a programar la iluminación del "Park". Este peine grueso me ayudó a armar un rodete con mi pelo largo mientras S. comía un chocolate, aún desnudo en una cama de 15 pesos el turno. Los fósforos quise dárselos a B, pero estaba dejando de fumar en ese momento. La espuma de baño fue lo único que M. permitió que me llevara, angurriento por quedarse con lo demás.
Los paquetitos separados del resto con elásticos, son suyos. Pocos, por ahora; pero presiento que muy pronto no me alcanzará esta mochila para guardarlos.
Suspiro. Es irónico, casi profético, que N. no tenga un solo objeto que lo represente en el "tesoro". El valor que daba a las cosas, asociadas a los recuerdos, lo descartó conmigo rechazando las únicas cartas que le escribí. "Ya no puedo guardar nada" me dijo en su momento. Yo debí presentirlo mucho antes. A veces siento que la culpa no me abandonará nunca del todo; es el precio que pago por retener también los buenos recuerdos.
Diez años y cuatro mudanzas después, la mochilita de tela gastada, deforme, hinchada, sigue acumulando tesoros. Pese a la cama propia, pese a la intimidad conquistada.
Los telos siguen siendo el único lugar donde soy libre de gritar hasta quedarme afónica.


2 comentarios:
me gusta el piiii de la puerta de los hoteles cuando se cierra.
eso, nomás.
quedé afónica.
(((y de alguna forma te digo así, bajito, que me gustó mucho este post)))
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