domingo 21 de octubre de 2007

En la piel

Cuando al azar miro mi muñeca recuerdo el queloide que se formó al raspármela con la alfombra del pequeño departamento de un sicópata olvidable, que trató de dejarme siquiera una huella y a quien hoy recuerdo apenas por la pena que sentí a minutos de haberle dado bolilla, como si fuera una adolescente alzada (que lo era) iniciática para algunos, deseable para unos pocos.

Nada justifica el error de haber creído que esa lástima que sentía por él era comparable a una suerte de cariño. ¿En quién pensaba cuando sopesaba su minúscula, despreciable verga? Todo fue lastimero e insignificante, excepto esa marca que tardó casi cinco años en borrarse del todo.

O las raspaduras de las rodillas, los hematomas enormes en brazos y espaldas por las benditas caídas en las escaleras y sommiers de los telos con A. , las quemaduras de las sogas y cables con que me hice atar más de una vez, las escaldaduras del hielo en la parte interna de los muslos, los lamparones rojos de las gotas de parafina en la espalda. O el rosario de mordiscos de S. desde el cuello hasta el pecho, delineando un escote imaginario, la primera interminable noche juntos.

Al final, las únicas huellas que valieron la pena (dolorosas, exquisitas) están marcadas en la finísima membrana de la memoria emotiva, en el latido imperceptible de mi clítoris al recordarlas.

2 comentarios:

yo dijo...

y, la memoria es más sensible que, ponele, la rodilla, que es durita y pelada.

toi, anais dijo...

jijiji!
no lo había pensado, Yo.
Siempre la explicación más racional de las cosas es la que menos miro.