J. llegó primero, por donde menos lo esperaba. Luego de años de fantasías pueriles, donde mi primer noviecito (once años de edad) me daba un beso, luego de la extraña sensación líquida en la panza de los primeros lentos. Y sin tener nada que ver con eso. J. llegó por afinidad, una tarde de convivencia educativa con otros colegios, cuando yo estaba demasiado rodeada de chicas más hermosas como para conseguir que él me mirara.
Mi atención fue hacia él de manera automática. Era un "chico raro", a veces introvertido, que escribía poemas y cantaba muy mal. Yo "hacía como que escribía" y cantaba muy bien. Por esa misma afinidad nos volvimos un poco compinches, un poco desafiantes uno con el otro; no le permitía la más mínima cortesía, me burlaba cruelmente de sus atenciones caballerescas para conmigo. Molesto, invariablemente ponía proa a otras féminas más receptivas y sensibles. En los dos años de cortés indiferencia que siguieron, me di cuenta de que no sólo lo quería y lo admiraba. Me gustaba. Fue el primer amor que conjugó atracción y psique.
J. tenía una cualidad que me hacía buscarlo con insistencia: no olía como nadie que hubiera conocido antes. Algo en ese olor afectaba directamente mis hormonas. Todas mis amigas se habían dado cuenta de que él me gustaba, y empezaban a preguntarse por qué; para ellas era solamente un chico raro. Ni siquiera lindo. Aunque la cualidad soñadora de sus ojos y su labia fueran motivo suficiente para mí, también me gustaba el lenguaje expresivo y un poco torpe de su cuerpo.
Dos años y tres intereses amorosos (suyos, claro) después, una coordinadora vocacional nos juntó en un escenario para recrear ejercicios teatrales. Algo en su forma de mirarme cambió, o tal vez mi cuerpo y mi actitud cambiaron. Mi charla se había vuelto audaz, y mi timidez estaba siendo arrasada por la interacción social forzosa de cumpleaños de 15, matinées y jornadas juveniles. Ahora me rondaban chicos bastante mayores, no tan interesados por mi conversación como por las curvas que empezaban a insinuarse bajo la ropa que yo insistía en mantener austera y púdica.
Una tarde cualquiera, cuando sus intenciones de pedirme noviazgo eran un secreto a voces, fuimos al río y me recitó al oído un poema, mientras me abrazaba por la espalda. Desde el primer momento supe, con una puntada en el corazón, que él no era lo que yo esperaba. Sin embargo, el mandato de la libido era demasiado fuerte. Le ofrecí la boca; el primer beso de mi vida llegaba tarde, más húmedo y brusco de lo que esperaba, y provocándome una impaciencia funesta: "Esto no puede ser todo lo que hay. Quiero más".
A partir de ahí y sin perder su dignidad de chico caballeroso, J. y yo buscamos cada recoveco posible, lejos de la mirada vigilante de mis padres o de los suyos propios, para mandarnos mano, aprendernos, anhelarnos. La oportunidad, estirada morbosamente en las largas tardes de lluvia, llegó en un campamento veraniego. Fuimos a dar un paseo por el descampado, cuando todos dormían la siesta, y llegamos a una arboleda donde nos besamos largo rato, ignorando el calor, los gritos de los loros y las picaduras de los jejenes.
Me besó los pechos, apretándome contra un árbol; su contacto me producía choques eléctricos. ¡Todo era tan distinto en mi cabeza...!, y sin embargo, tan atávico. No me dejaba tocarle por debajo de la malla de baño, pero su mano instantáneamente buscó mi pelvis, apretándola y soltándola mientras su dedo medio bajaba, hurgando en la vulva húmeda, en los labios tiernos que sólo mis propios dedos habían acariciado (y de manera muy superficial) durante años.
Luego, el dolor. La sangre resbalando entre mis piernas. Y J. sin penetrarme todavía, apenas moviendo un único dedo en la calidez apretada, tanto que él mismo se asustó; era la primera vez para los dos. En sus ojos leía el miedo de que yo fuera tan estrecha que su verga me haría daño. En respuesta a la pregunta muda, le bajé el cintillo de la malla, agarrándolo por el tronco con toda la mano. Esperaba lo que tenía entre los dedos; no la textura, tal vez, pero sí la consistencia, la firmeza.
"No tenemos forros" fue lo primero que dijo en toda la tarde, con algo de pena. Nos separamos. La sangre había dejado de fluir; fui a lavarme las manchas rojas en un arroyo cercano. Volvimos en silencio al campamento, J. concentrado en sus pensamientos y yo en el ardor que se extendía de adentro hacia afuera de mi concha recién inaugurada.
Mi atención fue hacia él de manera automática. Era un "chico raro", a veces introvertido, que escribía poemas y cantaba muy mal. Yo "hacía como que escribía" y cantaba muy bien. Por esa misma afinidad nos volvimos un poco compinches, un poco desafiantes uno con el otro; no le permitía la más mínima cortesía, me burlaba cruelmente de sus atenciones caballerescas para conmigo. Molesto, invariablemente ponía proa a otras féminas más receptivas y sensibles. En los dos años de cortés indiferencia que siguieron, me di cuenta de que no sólo lo quería y lo admiraba. Me gustaba. Fue el primer amor que conjugó atracción y psique.
J. tenía una cualidad que me hacía buscarlo con insistencia: no olía como nadie que hubiera conocido antes. Algo en ese olor afectaba directamente mis hormonas. Todas mis amigas se habían dado cuenta de que él me gustaba, y empezaban a preguntarse por qué; para ellas era solamente un chico raro. Ni siquiera lindo. Aunque la cualidad soñadora de sus ojos y su labia fueran motivo suficiente para mí, también me gustaba el lenguaje expresivo y un poco torpe de su cuerpo.
Dos años y tres intereses amorosos (suyos, claro) después, una coordinadora vocacional nos juntó en un escenario para recrear ejercicios teatrales. Algo en su forma de mirarme cambió, o tal vez mi cuerpo y mi actitud cambiaron. Mi charla se había vuelto audaz, y mi timidez estaba siendo arrasada por la interacción social forzosa de cumpleaños de 15, matinées y jornadas juveniles. Ahora me rondaban chicos bastante mayores, no tan interesados por mi conversación como por las curvas que empezaban a insinuarse bajo la ropa que yo insistía en mantener austera y púdica.
Una tarde cualquiera, cuando sus intenciones de pedirme noviazgo eran un secreto a voces, fuimos al río y me recitó al oído un poema, mientras me abrazaba por la espalda. Desde el primer momento supe, con una puntada en el corazón, que él no era lo que yo esperaba. Sin embargo, el mandato de la libido era demasiado fuerte. Le ofrecí la boca; el primer beso de mi vida llegaba tarde, más húmedo y brusco de lo que esperaba, y provocándome una impaciencia funesta: "Esto no puede ser todo lo que hay. Quiero más".
A partir de ahí y sin perder su dignidad de chico caballeroso, J. y yo buscamos cada recoveco posible, lejos de la mirada vigilante de mis padres o de los suyos propios, para mandarnos mano, aprendernos, anhelarnos. La oportunidad, estirada morbosamente en las largas tardes de lluvia, llegó en un campamento veraniego. Fuimos a dar un paseo por el descampado, cuando todos dormían la siesta, y llegamos a una arboleda donde nos besamos largo rato, ignorando el calor, los gritos de los loros y las picaduras de los jejenes.
Me besó los pechos, apretándome contra un árbol; su contacto me producía choques eléctricos. ¡Todo era tan distinto en mi cabeza...!, y sin embargo, tan atávico. No me dejaba tocarle por debajo de la malla de baño, pero su mano instantáneamente buscó mi pelvis, apretándola y soltándola mientras su dedo medio bajaba, hurgando en la vulva húmeda, en los labios tiernos que sólo mis propios dedos habían acariciado (y de manera muy superficial) durante años.
Luego, el dolor. La sangre resbalando entre mis piernas. Y J. sin penetrarme todavía, apenas moviendo un único dedo en la calidez apretada, tanto que él mismo se asustó; era la primera vez para los dos. En sus ojos leía el miedo de que yo fuera tan estrecha que su verga me haría daño. En respuesta a la pregunta muda, le bajé el cintillo de la malla, agarrándolo por el tronco con toda la mano. Esperaba lo que tenía entre los dedos; no la textura, tal vez, pero sí la consistencia, la firmeza.
"No tenemos forros" fue lo primero que dijo en toda la tarde, con algo de pena. Nos separamos. La sangre había dejado de fluir; fui a lavarme las manchas rojas en un arroyo cercano. Volvimos en silencio al campamento, J. concentrado en sus pensamientos y yo en el ardor que se extendía de adentro hacia afuera de mi concha recién inaugurada.
Tardé mucho tiempo en caer en la cuenta de que, en rigor de la verdad, debuté con un dedo. Hoy me río del asunto, que ignoré durante años por obra y gracia de la neurosis.
Sigo considerando que algunas mujeres elegimos el momento de nuestro debut. Pese al año y medio que salimos con J. (sexo periódico mediante), ese verano fue apenas el preludio a un otoño lluvioso en una arboleda muy distinta a aquélla...


1 comentarios:
me sonrío con tu desvirgación con un dedo. me da ternura.
y me parece un lindo comienzo.
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