viernes 13 de julio de 2007

Martes


En la calle soy una más. Con el pelo prolijamente atado, polera y suéter negros, sobria, maquillaje muy suave. El saco abotonado hasta el cuello. Sería raro que me vean escotada, aún en verano.

Pero todo tiene un porqué.
En la oficina, la calefacción está al mango. Me estiro el cuello alto, metiendo el reverso de la mano que humedecí en la botella de agua. En la oficina de al lado estallan unas risas. Una cabeza se asoma.

"No venís al festejo?" me apura Cintia.

"Qué festejo?" murmuro, tipeando concentrada sin apenas levantar la mirada del monitor.

"Lucas cumple años. Trajimos torta, gaseosa... vamos a poner un poco de música. Se acabó el día, nena. Dejá eso y seguís mañana, dale".

Me levanto apurada porque no me gusta dejar a nadie sin saludar, y como una boluda me olvidé de Lucas, justo hoy que cumple años. A nadie le cae demasiado bien, pero como cualquier excusa es buena para dejar de trabajar, ahí están... rodeándolo de una falsa camaradería, de un falso relajo de oficina. Agarro un vaso limpio, lo lleno de agua y me apoyo en la mesada con el plato de torta al lado mientras los miro fumar en un rincón cerca de la ventana.

Las chicas están exultantes. Vinieron preparadas. Todas se acordaban del cumpleaños, cómo se iban a olvidar; cualquier excusa es buena, también, para tirarse el guardarropa encima y pintarse como puertas. Lucas me sonríe y se sienta a mi lado, momentáneamente olvidado en la algarabía general de una docena de oficinistas de pseudojoda en la cocina. Improvisamos una charla en la que, por supuesto, yo descubro más cosas de él que él de mí.

Quince minutos más tarde, después de pasarse cinco cabeceando en dirección a Alicia (muy risueña entre Mariano y Esteban, con una copa de sidra del brindis en la mano) me abandona amablemente. Nadie nota que salgo a buscar las cosas. Cuando vuelvo a pasar para lanzar un "chau" general desde la puerta, Cintia es la única que atina a acercarse para saludar en forma; me abraza, como de costumbre. Me pongo un poco tensa. Pero me suelta sin sospechar nada.

Nadie se dio cuenta, pienso maravillada mientras bajo por las escaleras de a dos peldaños, ansiosa por llegar a casa y sintiendo la presión de los nudos bien atados entre los pechos, el ombligo, la pelvis.

Nadie advierte que bajo toda esta ropa y este déficit de base facial hay una soga fina y resistente que me recorre desde el cuello hasta los tobillos, y que desde ayer Él maneja a través del encordado los hilos de mi voluntad.

5 comentarios:

cronopio antiheroe dijo...

creo que no entendí...


Igualmente puedo imaginar perfecto la escena en la cocina. No todo está a la vista en la cocina donde todo sucede.


Saludos...

Nina London dijo...

Me encantó el final, muy bueno...lástima que no puedas cortar ese maldito hilo. Beso!

cronopio antiheroe dijo...

esto no se actualiza?


saludos...

toi, anais dijo...

Nina: No es que no pueda. No quiero :-)

Cronopio: Se actualiza muy de vez en cuando, cuando hay tiempo. Ganas, sobran. Historias, también...

si no entendió, es que le faltan vivir algunas cosillas jijiji!

betina dijo...

se te extraña por acá y por allá...
no te pierdas tanto, queremos más historias!

(ésta me gustó, y pensé que vendría muy seguido una segunda parte, no sé por qué)