martes 10 de julio de 2007

Cosas de la femineidad

El rito de la depilación tiene sus bemoles. Detestable como es, resulta como mínimo necesario para mantener (oh, paradoja) alejada a la depiladora de los rincones más íntimos de nuestro ser, el máximo de tiempo posible. Con una rutina prolija, la astuta víctima puede pasarse de 30 a 40 días sin tener que recurrir a esos antros de tortura; más... es arriesgarse al desagrado o posterior decaimiento de la pareja.

Es en esos días que me armo de valor; me levanto temprano, me castigo con un suculento desayuno y llego a la entrada del salón de belleza (lugar aterrador si los hay para una mujer de mis características) casi en el momento en que abren la puerta.

Usualmente me toca una agradable señora de cuarentaytantos, pero hoy no voy a estar de suerte, parece. Llega una morocha alta de gesto adusto, cerca de los cuarenta, también. De muy buen ver, pero sumamente huraña; a mi suave saludo responde con un cuasi ladrido preguntándome qué voy a querer. "Salir rápido de acá", pienso, pero me extiendo sobre la camilla dócilmente. Con esta no va a haber cháchara, por suerte.

Es tan huraña que pasa la paleta de la cera con cierta brusquedad, pese a su profesionalismo. Bueno, por suerte también va a terminar rápido, pienso. Pero pasados unos minutos y concluída media pierna, sus modales cambian. No sé por qué. Tal vez la intimidan un poco mis dientes superiores oprimiendo los labios como si me doliera (aunque no duele, pero me pone nerviosa la cera: esa sensación de tirón inminente...) o mis ojos fijos en el techo o mi absoluta falta de conversación casual.

De repente, una pregunta deslizada al pasar: "¿Acá te pasaste maquinita?" y mi engañosamente tímido "no", que dispara un mar de preguntas en sus ojos oscuros. ¿Una chica, vamos, bonita... tanto tiempo sin depilarse? ¿Apenas comenzado el otoño?

Creo que intuye mi soledad y mi descuido en una que otra curva demasiado llena, además de la prolija matita de pelo ralo en mi axila. Sus dedos pasan y repasan con más cuidado cerca del cavado, no sea que quede un pelito. Intuirá algún encuentro importante inminente. O eso supongo.

A la segunda pasada de cera en el mismo lugar y una más minuciosa exploración de mi cavado, me doy cuenta que mi aura pacífica no puede ser razón suficiente para haber aplacado a esta mujer en tan poco tiempo. Sus manos ya no frotan el talco sobre mis piernas: acarician. Me baja la bombacha casi por completo antes de que termine de articular "pelvis completa". Otra vez los dedos tamborilean distraidos mientras piensa dónde va a aplicar la cera del final.

A la tercera pasada de cera en el mismo lugar me rindo a la evidencia y la dejo hacer. Mierda. Si no tuviera que salir volando para el trabajo, me demoraría un rato en el baño del salón de belleza y el tratamiento sería completo. O le pediría el teléfono. Pero, cobarde de mí, sólo la dejo hacer y eventualmente la miro a los ojos para ver si pesca mi mirada. Nada.

Pago y me voy. No creo que vaya a aguantar hasta la noche sin una buena paja.


4 comentarios:

Dick Celine dijo...

Uhmmm... no se irá a depilar ahora cada dos semanas, no?

cronopio antiheroe dijo...

Nunca imaginé que en una depiladora puedan pasar esas cosas.



Saludos...

betina dijo...

y si no pasan, por lo menos siempre flotan en el aire, cronopio, te lo aseguro

Nina London dijo...

Ah...las que usamos gillette no podemos darnos esos gustos...