Como suele suceder, otro lo notó antes que yo.
Tenía quince años, una pataslargas un poco torpe con el pelo muy largo sobre los ojos y cero noción sobre la mirada de los otros sobre mí. Ni siquiera soñaba con el poder que tuve años después.
Mecha tenía diecisiete, y el privilegio no sólo de ser una de las más bonitas del colegio, sino la impunidad de ser la única a la que nadie le pataleaba por llevar la pollera por encima de las rodillas. Ella jugaba al voley en mi equipo, y aunque era más menuda y bastante flacucha, lo hacía bien. Los chicos de varios colegios se perdían mirando su delantera de hembra precoz, su cola perfectamente formada. Mecha podía tener diecisiete años, pero su expresión delataba la experiencia de alguien mayor. Era frívola, coqueta y tenía esa audacia de las personas que se saben deseadas.
Un día, en la rotación, me quedé mirándole las piernas tanto rato que la pelota me dio en la cabeza sin que pudiera reaccionar. Otro día, Carolina (mi mejor amiga) me encontró perdida en sus rasgos de adulta. Hizo una broma un poco alarmada: "Si la seguís mirando van a pensar que sos lesbiana".
Después fue Juliana, en quinto año. Morocha de ojos negros, con suave pelo ondulado. Llegué a escribir sobre ella en un esbozo de novela que jamás publiqué, ni mostré a nadie para que corrigieran. Allí se llamaba Bibiana, y yo era Zara. La desfloraba en el baño de un correccional de menores. Por ahí ha de andar ese manuscrito.
Y en la facultad, cuando ya habían pasado por mi cuerpo tres hombres diferentes, llegó Antonella. Ella es, al día de hoy, la mujer más hermosa que haya visto. Alta, fibrosa, pero con buenas curvas. Seria y de mirada fija. Ojos color verde, rasgados como los de los gatos. Pelo castaño oscuro, lacio. Llevaba un suéter verde. Yo estaba estudiando con su hermana cuando entró, oliendo a futura promesa de hembra (el mismo olor de Mecha, flamantes dieciocho años).
F., a la sazón compañero de estudios, miraba en mi misma dirección y de repente estaba mirándome a mí. Con esa intuición del pirata canchero, que viene jorobando desde muy pibe, me olió a kilómetros. Al otro día, en la isla de edición me encaró con la misma pregunta que Carolina no se había animado a hacer en el campo de deportes: "¿A vos te gustan las chicas?". Me reí, lo canchereé un rato. "¿Las chicas? Apenas tengo amigas mujeres" y boludeces así.
La realidad es que después de conocer a Antonella volví a masturbarme pensando en mujeres, y cada vez más en mujeres cuanto más hombres pasaban por mi vida.
Todavía faltaban algunos años para que llegara Ana. Y esa es otra historia.
Tenía quince años, una pataslargas un poco torpe con el pelo muy largo sobre los ojos y cero noción sobre la mirada de los otros sobre mí. Ni siquiera soñaba con el poder que tuve años después.
Mecha tenía diecisiete, y el privilegio no sólo de ser una de las más bonitas del colegio, sino la impunidad de ser la única a la que nadie le pataleaba por llevar la pollera por encima de las rodillas. Ella jugaba al voley en mi equipo, y aunque era más menuda y bastante flacucha, lo hacía bien. Los chicos de varios colegios se perdían mirando su delantera de hembra precoz, su cola perfectamente formada. Mecha podía tener diecisiete años, pero su expresión delataba la experiencia de alguien mayor. Era frívola, coqueta y tenía esa audacia de las personas que se saben deseadas.
Un día, en la rotación, me quedé mirándole las piernas tanto rato que la pelota me dio en la cabeza sin que pudiera reaccionar. Otro día, Carolina (mi mejor amiga) me encontró perdida en sus rasgos de adulta. Hizo una broma un poco alarmada: "Si la seguís mirando van a pensar que sos lesbiana".
Después fue Juliana, en quinto año. Morocha de ojos negros, con suave pelo ondulado. Llegué a escribir sobre ella en un esbozo de novela que jamás publiqué, ni mostré a nadie para que corrigieran. Allí se llamaba Bibiana, y yo era Zara. La desfloraba en el baño de un correccional de menores. Por ahí ha de andar ese manuscrito.
Y en la facultad, cuando ya habían pasado por mi cuerpo tres hombres diferentes, llegó Antonella. Ella es, al día de hoy, la mujer más hermosa que haya visto. Alta, fibrosa, pero con buenas curvas. Seria y de mirada fija. Ojos color verde, rasgados como los de los gatos. Pelo castaño oscuro, lacio. Llevaba un suéter verde. Yo estaba estudiando con su hermana cuando entró, oliendo a futura promesa de hembra (el mismo olor de Mecha, flamantes dieciocho años).
F., a la sazón compañero de estudios, miraba en mi misma dirección y de repente estaba mirándome a mí. Con esa intuición del pirata canchero, que viene jorobando desde muy pibe, me olió a kilómetros. Al otro día, en la isla de edición me encaró con la misma pregunta que Carolina no se había animado a hacer en el campo de deportes: "¿A vos te gustan las chicas?". Me reí, lo canchereé un rato. "¿Las chicas? Apenas tengo amigas mujeres" y boludeces así.
La realidad es que después de conocer a Antonella volví a masturbarme pensando en mujeres, y cada vez más en mujeres cuanto más hombres pasaban por mi vida.
Todavía faltaban algunos años para que llegara Ana. Y esa es otra historia.


1 comentarios:
Me gustó la de verde, a mi también. Y eso que no la describió mucho, eh.
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