Hasta esa noche, habíamos sido amigos. Los más compinches. Burlones, bailarines, viajadores. Nos contábamos todo: Cuando teníamos que quedarmos a dormir en casa ajena, incluso lo hacíamos espalda contra espalda en la misma cama.
S. no era especialmente afecto al contacto físico.
Se reía todo el tiempo, hablaba mucho, pero se comunicaba más que nada a través de la música. Tenía una expresión perpetua de ensoñación en la cara, era hermoso e inalcanzable. A mí me gustaba muchísimo el tono de su voz y la manera en que se movían sus labios al hablar.
Al igual que S., yo sólo había tenido una relación estable en mi vida, y había terminado mal.
Un par de días antes volvíamos en tren desde Buenos Aires, y él tenía sueño. Le ofrecí, como otras veces, que apoyara la cabeza en mi falda. Lo hizo. Empecé a acariciarle el pelo, que tenía un poco largo en las sienes, mientras pensaba de golpe que me gustaba más que como amigo.
Debió leerme el pensamiento, porque hizo algo que nunca antes: me agarró la otra mano, la que no lo acariciaba, y empezó a pasar la yema de sus dedos por mi muñeca. Era un contacto abstraído y pensativo, pero me produjo unas vibraciones cerca del ombligo que no había sentido nunca. Algo cambió en mi caricia cuando llegó el choque eléctrico; S. giró la cabeza y me miró con ojos pícaros, sonriendo.
Noches después, terminada la cena de fin de año del grupo, quedamos espalda contra espalda en la cama. Hacía calor, pero insistió en que nos tapáramos con una sábana. Tuve una noche llena de sobresaltos por el calor, y me desperté muy temprano vuelta hacia él.
El se volvió hacia mí, quedamos cara a cara. Empezó a acariciarme con mucha suavidad, dibujándome el contorno de la cara sin aproximarse. Pronto mis propios dedos le recorrían el mentón, los pómulos, el contorno del pelo. Era tan natural que ni siquiera hablábamos. Apenas la respiración cada vez más agitada, pese a que no había otro contacto que el de los dedos en la piel del rostro y las manos.
La que empezó a besarlo fui yo. Picotazos leves en la nariz, el cuello y los párpados. Me detuvo de golpe, agarrándome de la nuca.
"Si no parás ahora mismo" me dijo con esa voz dulce que nunca había escuchado antes, en realidad "te voy a morder la boca".
Y yo, que no quería otra cosa, no paré.
S. no era especialmente afecto al contacto físico.
Se reía todo el tiempo, hablaba mucho, pero se comunicaba más que nada a través de la música. Tenía una expresión perpetua de ensoñación en la cara, era hermoso e inalcanzable. A mí me gustaba muchísimo el tono de su voz y la manera en que se movían sus labios al hablar.
Al igual que S., yo sólo había tenido una relación estable en mi vida, y había terminado mal.
Un par de días antes volvíamos en tren desde Buenos Aires, y él tenía sueño. Le ofrecí, como otras veces, que apoyara la cabeza en mi falda. Lo hizo. Empecé a acariciarle el pelo, que tenía un poco largo en las sienes, mientras pensaba de golpe que me gustaba más que como amigo.
Debió leerme el pensamiento, porque hizo algo que nunca antes: me agarró la otra mano, la que no lo acariciaba, y empezó a pasar la yema de sus dedos por mi muñeca. Era un contacto abstraído y pensativo, pero me produjo unas vibraciones cerca del ombligo que no había sentido nunca. Algo cambió en mi caricia cuando llegó el choque eléctrico; S. giró la cabeza y me miró con ojos pícaros, sonriendo.
Noches después, terminada la cena de fin de año del grupo, quedamos espalda contra espalda en la cama. Hacía calor, pero insistió en que nos tapáramos con una sábana. Tuve una noche llena de sobresaltos por el calor, y me desperté muy temprano vuelta hacia él.
El se volvió hacia mí, quedamos cara a cara. Empezó a acariciarme con mucha suavidad, dibujándome el contorno de la cara sin aproximarse. Pronto mis propios dedos le recorrían el mentón, los pómulos, el contorno del pelo. Era tan natural que ni siquiera hablábamos. Apenas la respiración cada vez más agitada, pese a que no había otro contacto que el de los dedos en la piel del rostro y las manos.
La que empezó a besarlo fui yo. Picotazos leves en la nariz, el cuello y los párpados. Me detuvo de golpe, agarrándome de la nuca.
"Si no parás ahora mismo" me dijo con esa voz dulce que nunca había escuchado antes, en realidad "te voy a morder la boca".
Y yo, que no quería otra cosa, no paré.


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