"Rezá, que Dios te guarde de los malos pensamientos" dijo mamá, la noche en que descubrió mi mano moviéndose bajo las sábanas, a centímetros de las cabecitas durmientes de mis hermanos menores.
Yo tenía siete u ocho años. Lo descubrí a los seis, cuando por casualidad espié una escena de contenido sexual bastante flojito (no más que la lengua de una mujer recorriendo los labios, el cuello y el lóbulo de la oreja de un hombre, voces roncas, respiraciones levemente agitadas).
Algo me cosquilleó bajo el ombligo. Estaba enferma, con anginas. Estaba sola. Me toqué la pelvis primero, oprimiendo el lugar donde sentía esa extraña electricidad. Pero la sensación no se iba. Mis ojos seguían la escena, y mis dedos buscaban instintivamente la fuente de ese misterio. Nunca había sentido algo igual. Detestaba las cosquillas, y esto no podían ser cosquillas... era raro: no desagradable, no exactamente agradable.
Mi dedo mayor, el de la mano derecha, llegó a la uretra. Di un saltito instintivo, el corazón latiendo todo lo rápido que puede latir cuando una es chica y tiene fiebre. Ahí... Casi ahí. Mis inexistentes caderas tensas, los empeines estirados hasta hacerme temblar las piernas.
La mujer susurrando al oído del hombre cosas que no lograba entender, el hombre jadeando con los ojos cerrados. De pronto, los sonidos, las imágenes y mi dedo que presionaba y frotaba, arriba y abajo, eran una sola cosa: perdí la noción de la realidad, se me borró un poco la visión. Finalmente, un latido, una pulsación única emitida por debajo de ese dedo... y se había ido.
Quedaban mis propios labios apretados, enrojecidos, mi corazón latiendo desordenadamente y una sensación desorientada. Ya no tenía ganas de tocarme de nuevo: la electricidad se había fugado en aquel pulso único irradiado desde mi pubis inexistente hasta la punta de mis pies, la raíz de mi pelo. Me di vuelta y me dormí.
Ya era una lectora precoz, curiosa irredenta. La asociación estaba establecida: mujer erotizando hombre, hombre seduciendo a mujer, caricias, voces susurrantes. Me convertí en una buscadora obsesiva de cualquier texto, imagen, música o película que evocara aquella sensación primigenia. Luego, la recreaba una y otra vez en mi imaginación a la hora de acostarme. Y cuando estaba sola en casa, me escondía en el baño para inventar nuevas maneras de estimularme.
Pese a las recomendaciones de mi madre, nunca pude evitar esos "malos pensamientos". Fueron mi primer terreno de juegos. Ya mayor, aprendí a contorsionarme en la bañera, bajo la ducha, para poder lamer mis propios pechos. En días particularmente febriles, podía llegar a inventar maniobras subrepticias en el pupitre del colegio, en una reunión familiar, en un cumpleaños donde "por error" alquilaron una de terror con escenas de sexo estudiantil. Me masturbaba leyendo historias de la Biblia, escuchando Enigma MCMXC, espiando películas de la Coca Sarli, publicidades de lencería, películas de clase B con escenas de violación. Estas últimas me ponían especialmente inquieta, y acababa con mucha más rapidez; de inmediato me asaltaba un sentimiento de culpa que se desvanecía al poco rato, cuando volvía a mis libros, mis muñecas y mis juegos. Pretendiendo que era una chica "normal". O al menos, lo suficiente para que los demás lo creyeran.
Nunca nadie me descubrió, más que mi madre. Mis pensamientos han derivado de "malos" a simplemente "muy perversos". Y la culpa, antes escasa, se volvió inexistente.
Siempre vuelvo a ese terreno de juegos, aún cuando esté sobrada de sexo. Pocos hombres han logrado equiparar esa sensación que sólo alcanzo por mí misma.


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