No sé en qué estaba pensando, pero acá estoy. Subiendo el ascensor, rumbo a lo conocido-desconocido.
Ahí está él, su piel de almizcle y verano, sus ojos más hundidos, el pelo largo. Flaco. Volvió a fumar. Me besa al entrar, lo de siempre. Pretende interesarse en mi vida, le contesto con evasivas y cuando insiste, con mis autodefensas ensayadas. El sabe que "eso" no soy yo, pero igual le gusta. Lo dejo hacer un rato, hasta que su voluntad se doblega a la mía y cede el terreno de juegos por un momento.
Sólo quería escapar de la rutina un rato. Antes, él significaba para mí un objeto de estudio: dos años después, ni eso. Pero de a poco, cuando baja la guardia y empieza a mostrarse tal cual es, vuelve a ser un poco "ese" que conocí.
Lo escucho un rato largo. Podemos estar así horas, y sin embargo tiene que romper el encanto tocándome. Necesita demostrar que "tiene ganas". Que quiere estar conmigo. Pobre. No entiende que sólo invitándome y dándome la excusa de escapar a la rutina, ya está conmigo. Pero lo dejo hacer. Lo dejo, por los viejos tiempos.
Sigue siendo, al menos conmigo, una máquina de coger sin alma. Dice que le gusto, pero todo su lenguaje corporal dice otra cosa. Lo atraigo animalmente, y a veces intelectualmente. Pero en el fondo me rechaza. Con él no puedo ser "yo". Se asustaría. Se asustaría más que con mis tétricos e impostados cuentos de locura y autoflagelación.
Me necesita como prueba de poder, o quién sabe... tal vez, como yo lo necesité alguna vez, como una suerte de reflejo invertido. Ahora él tiene el laburo que quise yo alguna vez, pero está emocionalmente descentrado. Yo no tengo laburo, pero estoy emocionalmente estable. Siempre que la vida nos juntó, nos balanceamos de manera similar. El está tranquilo, aún desasosegado. Entonces me habla de balance. Yo estoy inquiera, le hablo de lo divertidos que pueden ser sus fantasmas si deja de ahogarlos.
Le hablo de temas que siempre esquivamos, me habla con franqueza, no me oculta nada. Será que ahora confía en mí, o que sus antes preciados secretos no tenían, en el fondo, tanta importancia.
Cuando pasa el efecto de las palabras vuelve a desearme. Lo intuyo y voy guiándolo hacia su propio deseo. A mí no me cuesta nada, y a él le va a hacer bien... al menos por un rato. Se baja los pantalones, le chupo la verga muy despacio. El mundo se detiene: él ya no es más que esa verga paa mí. Me concentro en darle todo el placer que puedo, hasta que yo misma reclamo más. Me ha paseado por el living: ahora me lleva a la cocina. No vaya a ser que contamine su preciosa cama con el olor de mi piel pecosa y mi pelo húmedo de bruma.
Se pone el forro, me sienta en la mesada, me abre de piernas y me la mete hasta el fondo. Bombea mecánicamente. Sus ojos son densos como la noche, sin embargo en sus labios entreabiertos late un gemido que es el mío. Se contiene porque yo me contengo.
Mete sus dedos en mi boca, me penetra desde adelante, por atrás. Me pregunta por mi colita. En respuesta, le apreto más la verga entre los muslos.
"Es tu colita..."
Ahí está él, su piel de almizcle y verano, sus ojos más hundidos, el pelo largo. Flaco. Volvió a fumar. Me besa al entrar, lo de siempre. Pretende interesarse en mi vida, le contesto con evasivas y cuando insiste, con mis autodefensas ensayadas. El sabe que "eso" no soy yo, pero igual le gusta. Lo dejo hacer un rato, hasta que su voluntad se doblega a la mía y cede el terreno de juegos por un momento.
Sólo quería escapar de la rutina un rato. Antes, él significaba para mí un objeto de estudio: dos años después, ni eso. Pero de a poco, cuando baja la guardia y empieza a mostrarse tal cual es, vuelve a ser un poco "ese" que conocí.
Lo escucho un rato largo. Podemos estar así horas, y sin embargo tiene que romper el encanto tocándome. Necesita demostrar que "tiene ganas". Que quiere estar conmigo. Pobre. No entiende que sólo invitándome y dándome la excusa de escapar a la rutina, ya está conmigo. Pero lo dejo hacer. Lo dejo, por los viejos tiempos.
Sigue siendo, al menos conmigo, una máquina de coger sin alma. Dice que le gusto, pero todo su lenguaje corporal dice otra cosa. Lo atraigo animalmente, y a veces intelectualmente. Pero en el fondo me rechaza. Con él no puedo ser "yo". Se asustaría. Se asustaría más que con mis tétricos e impostados cuentos de locura y autoflagelación.
Me necesita como prueba de poder, o quién sabe... tal vez, como yo lo necesité alguna vez, como una suerte de reflejo invertido. Ahora él tiene el laburo que quise yo alguna vez, pero está emocionalmente descentrado. Yo no tengo laburo, pero estoy emocionalmente estable. Siempre que la vida nos juntó, nos balanceamos de manera similar. El está tranquilo, aún desasosegado. Entonces me habla de balance. Yo estoy inquiera, le hablo de lo divertidos que pueden ser sus fantasmas si deja de ahogarlos.
Le hablo de temas que siempre esquivamos, me habla con franqueza, no me oculta nada. Será que ahora confía en mí, o que sus antes preciados secretos no tenían, en el fondo, tanta importancia.
Cuando pasa el efecto de las palabras vuelve a desearme. Lo intuyo y voy guiándolo hacia su propio deseo. A mí no me cuesta nada, y a él le va a hacer bien... al menos por un rato. Se baja los pantalones, le chupo la verga muy despacio. El mundo se detiene: él ya no es más que esa verga paa mí. Me concentro en darle todo el placer que puedo, hasta que yo misma reclamo más. Me ha paseado por el living: ahora me lleva a la cocina. No vaya a ser que contamine su preciosa cama con el olor de mi piel pecosa y mi pelo húmedo de bruma.
Se pone el forro, me sienta en la mesada, me abre de piernas y me la mete hasta el fondo. Bombea mecánicamente. Sus ojos son densos como la noche, sin embargo en sus labios entreabiertos late un gemido que es el mío. Se contiene porque yo me contengo.
Mete sus dedos en mi boca, me penetra desde adelante, por atrás. Me pregunta por mi colita. En respuesta, le apreto más la verga entre los muslos.
"Es tu colita..."
"Es tu casa..."
Me lleva hacia un lindo orgasmo, lo arrastro conmigo, palpitante. Es un orgasmo de lástima, para otros (no nosotros) seguramente sería espectacular. Pero a él y a mí nos sirve apenas para sacarnos las ganas.
Yo lo uso de excusa para fugarme.
El me usa porque se siente solo, o para olvidarme, o como una droga más.
Quién sabe qué somos.
Ni fuimos, ni seremos.
Me lleva hacia un lindo orgasmo, lo arrastro conmigo, palpitante. Es un orgasmo de lástima, para otros (no nosotros) seguramente sería espectacular. Pero a él y a mí nos sirve apenas para sacarnos las ganas.
Yo lo uso de excusa para fugarme.
El me usa porque se siente solo, o para olvidarme, o como una droga más.
Quién sabe qué somos.
Ni fuimos, ni seremos.


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