Domingo por la mañana. Llegó caminando acompañada hasta la esquina, el sol alto. Un beso, una promesa: "Te llamo antes de irme". Los ojos de él mirándola con devoción. Los de ella, sonrientes pero helados. Desde que pusieron un pie fuera de "El Angel", todo había terminado. Adentro, incluso parecía viable dejar todo lo demás: el estudio, el trabajo, cinco años en pareja. Todo, por ese chico alto que besaba como los dioses y sabía exactamente cómo tocarla sin invadirla.
Entró por la puerta del living, sus padres apuraban el mate de las mañanas. La vieron entera, ni intuyeron la resaca. Apenas una observación:
"Qué tarde, nena"
Entró por la puerta del living, sus padres apuraban el mate de las mañanas. La vieron entera, ni intuyeron la resaca. Apenas una observación:
"Qué tarde, nena"
"Mejor. Así pude venir caminando, con luz de día".
Desliza como al pasar el nombre de un conocido de la familia que estaba en el boliche. Los dos respiran imperceptiblemente más aliviados. Charlan algunos minutos y cuando mamá sube a la terraza a descolgar la ropa, ella se despatarra en el sillón del living y se queda dormida mirando una película por cable.
El olor del asado la despierta. Ya no hay resaca y el hambre acucia. Atrás quedaron la noche, las manos de Santiago, el recuerdo de sus besos.
Ya es tarde. El micro sale en una hora. Ella cierra el bolso, agarra la guía de teléfonos, ubica el apellido y la dirección. Lo llama. Atiende una mujer mayor (seguramente su madre), le pasa con él.
"Llamaba para despedirme. Gracias por todo".
Desliza como al pasar el nombre de un conocido de la familia que estaba en el boliche. Los dos respiran imperceptiblemente más aliviados. Charlan algunos minutos y cuando mamá sube a la terraza a descolgar la ropa, ella se despatarra en el sillón del living y se queda dormida mirando una película por cable.
El olor del asado la despierta. Ya no hay resaca y el hambre acucia. Atrás quedaron la noche, las manos de Santiago, el recuerdo de sus besos.
Ya es tarde. El micro sale en una hora. Ella cierra el bolso, agarra la guía de teléfonos, ubica el apellido y la dirección. Lo llama. Atiende una mujer mayor (seguramente su madre), le pasa con él.
"Llamaba para despedirme. Gracias por todo".
El le retribuye el agradecimiento. La pasaron bien, ¿verdad? Su voz tiene destellos de esperanza.
Ella cuelga el teléfono, agarra el bolso, toma el colectivo, vuelve a sus cosas, a no pensar en Santiago nunca más, a no evocar sus besos sino hasta dentro de muchos, muchos años, sentada frente al diario de hoy, mate en mano, en esa ciudad a la que siempre vuelve y en la que todos se conocen.
Nunca más se vieron. Y ella no volvió a pisar "El Angel".
Ella cuelga el teléfono, agarra el bolso, toma el colectivo, vuelve a sus cosas, a no pensar en Santiago nunca más, a no evocar sus besos sino hasta dentro de muchos, muchos años, sentada frente al diario de hoy, mate en mano, en esa ciudad a la que siempre vuelve y en la que todos se conocen.
Nunca más se vieron. Y ella no volvió a pisar "El Angel".


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