Es tan inquietante que justo ahora que estoy perfectamente bien y establecida en la monogamia, queriéndola y valorándola como nunca, me estén torturando estas fantasías lésbicas que creí dejadas atrás a fuerza de costumbre.
Me dejé ser heterosexual, aún sabiendo que mi inclinación es otra. Y no es por aburrimiento ni por falta de estímulos. Simplemente pasa una noche, con un sueño casual. Al otro día no te tocás la vulva como todos los días y el roce de los dedos contra el vello mínimo te empapa de nuevo. De allí a la evocación de aquellos clítoris tiernos y temblorosos, del sabor que persiste en los labios tuempo después, del olor incrustado en la memoria hay un solo paso.
Deseás otra vez. Y lo peor es que sos la misma insegura de siempre. La que no se atreve a preguntar "te animás?" a esa mujer que le gusta. La que se sabe persuasiva y capaz de corromper la moral más estricta, pero que piensa en todos los "y si...". La que ahora no es una, sino dos. La que quisiera, quisiese, querría.... pero no se anima a dar un paso sin su hombre.
Se lo conté ayer. Quedó pensativo. No debe ser fácil de creer (para él ni para nadie) que una depredadora en cuarteles de invierno pueda querer salir de paseo por la variable más insólita. Sin embargo, me cree. Me conoce. Ya no deseo a los hombres en el plano de la desesperación obsesiva. No me calientan los hombres como antes: por sí mismos, por algo que emanaba de su personalidad o por su química. Puedo pensar en alguno que me haya llamado la atención con la misma intensidad con que aprecio un hecho artístico exquisito.
Pero el anhelo de la hembra por la hembra no se compara con nada. Cuando llega, arrasa.

