No estoy lista. Sé que va a venir y no estoy lista. No pude pasar por el salón de belleza ni comprar siquiera una maquinita de afeitar. No pude lavarme el pelo desde ayer. No pude comprarme esas medias con las que pensaba recibirlo. No tuve tiempo de cocinarle nada rico, aunque por suerte en la heladera se enfría un vino y hay queso con tostadas. No pude tender la cama, ni levantar la ropa del canasto del baño. No pude pasar un buen escobillón en el living. No pude componer ese portarretratos roto, caído de cotelé en la mesa de luz. No pude descolgar el teléfono y me interceptó mi madre cuando intentaba repasar la mugre de los aparadores. No pude ni siquiera pasarme un peine por el pelo, y ya está sonando el timbre...
Con una mano sostengo el tubo y me despido, con la otra equilibro el auricular del portero y le doy paso. Ya viene, ya viene... Levanto el mantón del suelo y lo extiendo en el sofá, donde se supone que debería estar siempre. Me desconsuela sentir el roce del vello y la pátina de transpiración inodora que comienza a formarse bajo mis axilas. Tal vez no está tan impaciente por verme, tal vez pueda robarle unos minutos mientras lo destierro a la cocina a preparar esa picada improvisada y pueda meterme al baño como Michelle Pfeiffer en "Un día perfecto", tal vez se me haya pasado por alto alguna maquinita usada, y...
Tres golpes secos en la puerta, le abro.
Me envuelve entre sus brazos. Me quita todo el aire con un beso que es muchos besos apretados, demandantes.
Me saca la camisa, el pantalón y los zapatos. Su lengua en la oreja no consigue (todavía) que me olvide de mis zoquetes de algodón agujereados en las puntas, pero casi. Dejo de prestarle atención a ese sudor finito que está cubriendo todo mi cuerpo como un rush de adrenalina.
¿Cuánto tiempo pasó? ¿Un mes sin verlo? ¿Dos semanas? ¿Tres días?
Podría haber sido ayer, para lo que me hace...
Puteo en su oído, arrastrando las letras. Le gusta.
- Podrías haberme dado unos minutos para ponerme linda...
Me agarra de los hombros y me tumba con una llave maestra sobre el sillón. Dos segundos y chau mantón artesanal: vuelve al piso de donde lo levanté. Al pedo. Igualmente ya no escucho nada, no veo nada: solamente el rumor de su lengua en mis oídos, en mi cuello, el incrustarse de sus dedos sin uñas en la piel, su urgente búsqueda entre mis piernas hasta calzarme la verga gloriosa el galope profundo la lengua en mis axilas las pestañas húmedas el pecho salpicado de manchas arreboladas la sed el hambre el desenfreno el despertar las ansias los reclamos las declaraciones de amor los gritos los mordiscos mi pelo entre sus manos el suelo resbaloso dolor en las rodillas su nariz en mi espalda los juegos los abrazos el silencio....